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A paso gentil

antonio brea

Mediterránea parla

La cuenca del Mediterráneo es uno de los lugares del mundo más agradables para vivir o simplemente visitar

La parla", me dijo. Experimentaba la plenitud de la adolescencia, cuando un día mi padrino decidió revelarme el gran secreto de la seducción, por el que alcanzaría el éxito entre las mujeres. Aunque pasó mucho antes de sacar partido a tan útil enseñanza, no tardé en comprobar cuánta razón tenía, a golpe de fracasos. Andaba por esas fechas enamoriscado inútilmente de alguna compañera de instituto, paciente víctima del aburrimiento que le inspiraba mi limitada capacidad de conversación fuera de los temas de común entusiasmo con mis mejores amigos varones: todos auténticos friquis avant la lettre, por más que nos creyéramos tocados por los dioses.

El término "parla" deriva, como cualquiera puede suponer, del verbo italiano parlare, y como él alude al mágico acto de comunicación que es el lenguaje articulado y sonoro. En cuestiones no solo idiomáticas, compartimos los habitantes de las penínsulas itálica e ibérica un legado parejo en nuestra condición de vástagos de Roma, núcleo espiritual de esta zona del orbe, tanto desde una perspectiva latina, como católica.

Estos pensamientos me invaden, a orillas del Mare Nostrum de los antiguos romanos, pasajeros unificadores de un espacio geopolítico de extraordinaria complejidad. Y es que el Mediterráneo es la extensión acuática que a un tiempo separa y enlaza, a principios del tercer milenio, dos modos de entender la vida y dos formas de sobrevivir a la misma.

De un lado, la Europa cada vez menos cristiana; del otro, el norte de África y el Próximo Oriente musulmanes, si hacemos caso omiso de la para ellos amenazadora presencia del judío Estado de Israel.

En una orilla, el declinante paraíso social y económico de las naciones que conformaron inicialmente la Unión Europea; en la otra, el hervidero humano de los países cálidos, en los que la presión demográfica, unida a la crónica pobreza, sirve de espoleta al constante flujo migratorio hacia nuestro continente, cada vez más alterado en su tradicional composición étnica, religiosa y cultural.

Dramático escenario, la cuenca del Mediterráneo es, sin embargo, uno de los lugares del mundo más agradables para vivir o simplemente visitar. Remojarse en sus templadas y cristalinas aguas es un descubrimiento que en mi caso particular se remonta al mes de septiembre de 1976. Entonces, un niño del valle del Guadalquivir, que ya conocía el Atlántico, llegó por primera vez, para disfrutar de la playa, al animado enclave turístico de Fuengirola, donde se han pergeñado estas líneas.

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