Julián Aguilar García

Abogado

Mejor superfluo que necesario

El consumo superfluo aumenta la dependencia de los poderes y limita la libertad real de cada uno

Decía mi padre que los españoles, con frecuencia, no tienen dinero para lo necesario, pero que para lo superfluo siempre hay todo el que haga falta.

Hace unos días fui con mis hijos al prescindible estadio de la Cartuja a ver un partido de la selección. La ilusión de mis hijos venció a la parvedad de mi afición balompédica. El estadio estaba tan lleno como permitían las restricciones. Muchos espectadores con camiseta de la selección o con variopintos disfraces, en ejercicio de una sólita pero chocante falta de respeto propio.

Los precios eran tal vez asequibles para una renta media de Copenhague, no de aquí. Supongamos que un matrimonio lleva a un hijo al partido (más de un hijo es alarde financiero y, además, apenas hay casos como ése: normalmente, hoy, para llevar un cuarto miembro de la familia a algún sitio, debe contarse con el perro, si éste quiere ir, por supuesto, que para eso tiene sus derechos, a diferencia de los nasciturus), con una entrada de precio intermedio, más la camiseta para el niño y la imprescindible bufanda conmemorativa del encuentro. Refrescos, patatas, palomitas. A la salida, cerveza y tapas con los amigos. Al final, la tarde le sale a esa escueta y arquetípica familia sevillana por unos 500 euros. Pan y circo moderno y caro (en tiempos cesáreos, al menos, los políticos pagaban el espectáculo con el dinero que robaban), más opio que lo que nunca fue el religioso, aunque ninguna ideología lo critique. Pero me dejo de frondosas ramas, lo cito como mero ejemplo.

Otro que siempre me sorprende es el de las dimensiones y calidad de las televisiones que se pueden ver en casas indudablemente modestas. O vacaciones veraniegas a cargo de un crédito. ¿Y se han fijado la cantidad de BMW y Mercedes que se ven por la calle, presumo que ninguno de ellos regalado?

El salario medio en España en 2020 ha sido de 26.934 euros, según leo. Unos 2.245 euros al mes, si hacemos el cálculo prorrateando las extras. Supongamos, alarde voluntarista, que es cifra neta de IRPF. Si un tercio se dedica al pago de la hipoteca, un tercio (poco me parece) a comida, agua, luz, IBI, seguros obligatorios, etcétera, nos queda el tercio restante, setecientos y pico euros, para educación de los hijos, formación propia, algún intento de ahorro para no depender de las cada vez menores y más lejanas pensiones públicas, seguro de vida, libros... Pero no. Se dedica a gin tonics, otra de gambas, chándal de marca, teles gigantes y bufandas conmemorativas de un España-Eslovaquia.

No lo critico especialmente: bastante tengo con mi vida como para juzgar la de los demás, por mucho que me sorprenda su actitud. Y, en el fondo, quizás sea de agradecer: mantienen el noble gremio de los fabricantes y vendedores de bufandas y de televisores superdotados. El consumo sostiene la economía y simula alegrar la vida. Pero si es superfluo y por encima de las propias posibilidades, aumenta la nada casual dependencia de los poderes y limita la libertad real de cada uno.

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