Tomás García Rodríguez

Doctor en Biología

Moreras de seda

A partir del siglo XI, se sembraron en Al Ándalus muchas moreras blancas

La morera blanca -Morus alba- y la morera negra o moral -Morus nigra- han convivido con el ser humano desde tiempos antiguos, procediendo ambas especies de diversas regiones del continente asiático. La clara distinción entre ellas consiste en que la blanca produce moras -infrutescencias- mayormente blanquecinas o rosadas, mientras el moral las ofrece más dulces y de tonos rojizos o negros. Las hojas de estos árboles son el alimento exclusivo del estado larvario u oruga del gusano de seda (polilla Bombyx mori), de cuyos capullos en la fase de crisálida se extraen los hilos de seda usados ya en China hace cinco mil años bajo secreto imperial. Un capullo consta de un solo hilo, que puede medir más de mil metros, siendo las hojas de morera blanca las predilectas de estos insectos. Cuenta la leyenda que monjes griegos del siglo VI introdujeron en Europa, a través de la Ruta de la Seda, huevecillos de polilla ocultos en bastones huecos.

A partir del siglo XI, se sembraron en Al Ándalus muchas moreras blancas, convirtiéndose la comarca de Las Alpujarras en un gran productor de seda durante el reinado nazarí. Esta labor se mantuvo después de la toma de Granada por los Reyes Católicos en 1492, principalmente a través de los musulmanes cristianizados o moriscos. Las exigencias impuestas por el nuevo poder real derivaron en una larga rebelión sofocada con dureza por las tropas de don Juan de Austria en 1570, y en la deportación de los moriscos a otras regiones fuera del territorio andaluz. Los cultivos de morera serían sustituidos por cereales, vides y frutales, desapareciendo de estas tierras la sericicultura, industria destinada a la fabricación de sedas. Finalmente, todos los moriscos fueron expulsados del país mediante un decreto firmado en 1609 por el rey Felipe III: el mayor éxodo de la historia española, pues salieron unas trescientas mil personas; sólo de Sevilla, la ciudad con más población morisca, emigraron unos siete mil.

¿Quién no ha criado y mimado de pequeño gusanos de seda en una caja de cartón, alimentándolos con las hojas de morera que encontrábamos en muchos jardines y calles de Sevilla? Desde hace décadas, las moreras son escasas en plazas y vías hispalenses por resultar molestas, al ensuciar pavimentos y coches con sus moras caídas. Todo tiende a ser simplificado en nuestras modernas urbes, pues se prefiere lo artificial, lo pulcro sin más, lo inanimado. Los niños ya no se dedican a recolectar hojas de morera y a contemplar el maravilloso ciclo biológico de esta mariposa, como hacíamos antaño mientras leíamos tebeos los domingos o escuchábamos la radio con nuestros padres en las templadas tardes primaverales. Hoy en día, los menores están absorbidos en otros menesteres más solitarios ante múltiples máquinas que les transportan virtualmente a lugares lejanos, pero sin contacto real con amigos en la calle, sin gusanos de seda que cuidar y observar, sin sentir el inolvidable aroma de las hojas de morera en una caja de zapatos perforada...

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