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¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Muñoz y las monjas

Con su gesto, el moderno Muñoz muestra su intención de ser eso que llaman "alcalde de todos"

En el afecto que Sevilla profesa por las monjas de clausura se rastrea algo del viejo respeto que Roma sintió por las vestales, auténticas matriarcas consagradas al cuidado de la diosa del fuego y el hogar. En nuestra ciudad difícilmente se hubiese podido dar una figura como Lerroux, quien en sus años más mozos y radicales animó a sus Jóvenes Bárbaros a "alzad el velo de las novicias y elevadlas a la categoría de madres para civilizar la especie", quizás la apología de la violación más famosa de la historia de España. En la capital del Guadalquivir, patria de doña María Coronel y la fantasmagórica doña Inés, la clausura es parte del paisaje urbano, espiritual, sentimental y repostero, de ahí que la simpatía por estos cenobios y sus comunidades sea generalizada (con excepciones, claro) más allá de las ideas políticas o creencias religiosas de los ciudadanos. La Sevilla bajomedieval, y luego la renacentista y barroca, fue una ciudad de conventos masculinos y femeninos ya desde los primeros años. El historiador José María Miura fue el que me desveló esa muralla espiritual que protegía nuestra urbe, su segunda defensa en el sentido de las agujas del reloj: San Clemente, Capuchinos (que al principio era San Leandro), la Trinidad, San Agustín, San Benito, el salto de la Judería, San Francisco, San Pablo, La Merced, El Carmen (un poco más tardío), Santa Clara y de nuevo San Clemente, una auténtica ronda histórica cuyos nombres permanecen en el callejero, aunque algunos de los edificios han desaparecido.

Uno de los primeros actos del nuevo alcalde de Sevilla ha sido visitar los conventos de San Clemente y Santa Ana, de monjas cistercienses y carmelitas, para interesarse por la rehabilitación y conservación de su patrimonio arquitectónico y artístico. Ha sido un buen gesto. De esta manera Antonio Muñoz deja claro que su condición de modernazo no está reñida con su interés hacia la Sevilla más clásica y pretérita, que está dispuesto a ser eso que llaman un "alcalde para todos". Sin embargo, las posibilidades de los alcaldes en estas cuestiones son limitadas. Un Ayuntamiento puede ayudar, y mucho, a la conservación del patrimonio histórico (que no es poco), pero casi nada en el mantenimiento de las congregaciones que les dan sentido y que están en decadencia debido a la falta de vocaciones y el envejecimiento, pese a la nueva sangre llegada de la India y África. Sin estas monjas, sin sus rezos, rencillas internas, campanadas, dulces, grandezas y pequeñas miserias, los conventos se convertirán en hermosos cascarones vacíos o en contenedores de actividades valiosas, pero que nada tienen que ver con sus altos muros, sus claustros y sus refrectorios. Quizás sea el futuro inevitable o, quizás, la historia gire y asistamos a un renacer de la espiritualidad conventual. No sería la primera vez que ocurriese.

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