Cuchillo sin filo

francisco Correal

Náusea

EL último capítulo del libro se llama Morir en Camboya. Dos reporteros de la CBS, George Miller y George Stephenson, morían en un control de los jemeres rojos. Cubriendo la guerra del Vietnam, fallecía el periodista francés René Puissesseau, a quien se le atribuía la frase de que "un periodista muerto es un periodista inútil".

El libro se titula Los Reporteros. Dos de ellos, Christian Brincourt y Michel Leblanc, hablan con un centenar de colegas para componer una antología de testimonios que me acompaña desde hace casi cuatro décadas. Me lo regalaron el 7 de mayo de 1975 al cumplir mis 18 años. Otros periodistas de ese libro no murieron en Camboya y en Vietnam. Los hay que asistieron a la boda de Rainiero y Grace Kelly en Montecarlo en 1956, al derby de Epsom o a los toros con Alfonso XIII y Primo de Rivera.

Ojalá la muerte de James Foley y Steven Sotloff no los convierta en periodistas inútiles. Su macabra exclusiva es un tirón de orejas y una llamada de atención. El mal se globaliza mucho mejor que el bien. Produce náuseas la asimetría entre la perfecta composición del matarife, colocado junto a su presa como el cazador ufano de su puntería, y el desaliño desesperado, admirablemente sereno, de su víctima. Periodistas han muerto muchos, son gajes del oficio, pero nunca la crueldad había hecho esas piruetas. Que yo sepa, no ha habido en mi país, en mi ciudad, en mi profesión, minutos de silencio, pancartas con los nombres de Foley y Stloff, una condena más allá del estupor mediático, que no me cabe ninguna duda que además de la indiferencia dejará entre sus secuelas morales la de quienes justifican o contextualizan la barbarie.

Estos criminales saben que Occidente es un coro de plañideras que tiene sus plagas bíblicas: el capitalismo, la Iglesia, los Estados Unidos y la derecha recalcitrante. Lo sabe el verdugo cuando antes de cobrarse al particular Santiago Nasar de su muerte anunciada juega al tercermundismo intelectual de los misiles y los cuchillos.

Mientras no cambiemos de Leviatán, ese adversario crecerá como un ébola irracional. Es el enemigo a batir, real, corpóreo, hediondo, sin la virtualidad de nuestros fantasmas de la memoria histórica o del oscurantismo sublimado para investir de heroísmo anti-sistema nuestra mediocridad. Que no sea inútil la muerte de Foley y Sotloff que los hermanó en un cruento Watergate.

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