Alfonso castro

Decano de la Facultad de Derecho de la Hispalense

Otoño en Cernuda

Son hondos nuestros otoños, cuando la ciudad revive, tras el letargo insomne del verano, que es un poco echarse a ver pasar la vida: sopor de vida tras la ventana. Disgregación del verano, que nos difumina, frente a la concentración del otoño, que es un volver a las calles de siempre, a las piedras queridas, a la vida. Toldos mojados, sorprendidos por las horas de lluvia, aguas libres contra cristales de piel de plata. Velas descorridas y un rítmico rumor sobre los azulejos, los tiestos, las losas de mármol: los rostros de siempre con su mirada de nunca, nunca igual ni a sí misma la mirada. La vuelta a la costumbre dulce "desde lo extraño y distante", que veía Luis Cernuda, en su libro sevillano por excelencia, Ocnos, escrito desde una distancia (y una extrañeza) ya definitiva(s). Otoños sevillanos ignorados, en cierta iconografía local, por una ciudad aplastada por su primavera -por sus fiestas de primavera-: muy corta aquella, pero muy largas éstas. Triste la primavera -a despecho del tópico-, que en Sevilla es una inminencia veraniega, tórrida de sol cayendo a fuego, como hilos de fragua, con su promesa de dispersión, de melancolía, de final de ciclo, que Cernuda se representaba, casi carnalmente, en la materialidad de los viejos edificios sevillanos y sobre todo en el de la Facultad de Derecho, entonces en la calle Laraña, y su rumor de agua, siempre el agua -siempre las flores- en su poesía y su prosa, tan sevillanas. Atardecer de mayo, junto a la fuente, que le recordaba el fin de su estancia en la Universidad de Sevilla, licenciado por fin en Leyes, pasada la hora de las clases, cercana la de los exámenes, con su cadencia inmisericorde de juventud nueva cada año, dejando en ella sus voces jóvenes, su locura, los impulsos de la sangre-. Melancolía del paso de las generaciones que Cernuda percibía por excelencia junto a la fuente de la Facultad, entre las adelfas y los limoneros, que elevarían a símbolos sevillanos y universales -lo uno por lo otro- los también sevillanos Machado, bajo el vuelo fugitivo de las golondrinas, "sobrebecqueriano" hondo, como le llamó, con elogio envenenado, Juan Ramón Jiménez en 1927: un Bécquer enterrado a pocos pasos de aquel patio, aquella fuente, desde 1913, cuarenta y tres años después de su muerte.

Siempre una fuente en la Facultad de Derecho, siempre el rumor, la hondura cristalina, el agua corriendo. Siempre, hasta hace muy poco. Recorriendo hace unos días el viejo patio de Derecho romano, donde me pareció ver aún a mi maestro José Luis Murga, en la antigua Fábrica de Tabacos, sede de la Facultad en la época de su definitiva expansión, entre 1954 y 2008, recordé la estampa inolvidable de nuestro antiguo alumno, justo antes de iniciarse el acto de graduación de la promoción de Derecho del Quinto Centenario, diez años después de aquella expulsión ominosa, hecha contra la voluntad mayoritaria de la Facultad, y evoqué, frente al agua robada -los rótulos con cinta celo-, la frágil memoria de los burócratas, su nulo sentido de la historia, la melancolía irreprimible del otoño.

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