Las dos orillas

josé Joaquín / león

Cuando un Papa se va

FUE una gran sorpresa. Cuando al mediodía de ayer se conoció que Benedicto XVI renuncia como Papa, nadie lo esperaba. No es habitual que una autoridad renuncie a su cargo, menos aún el Papa. Y tampoco es habitual la humildad de reconocer que lo hace por falta de fuerzas, por "mi incapacidad". Es un hombre que tiene más de 85 años, con una salud débil, que se ha complicado en los últimos meses, según dijo ayer él mismo. Pero es el Papa, y eso se suele interpretar como aguantar hasta la muerte. La renuncia, aunque es una opción contemplada, no se ejercía desde 1415.

Como hombre, se puede entender la decisión de Benedicto XVI, ya al límite de la extenuación y la fragilidad, que sabe lo que hay en juego y la fuerza que necesita un Papa de hoy para afrontar su misión en el mundo. Esta decisión la entienden mejor los creyentes que quienes no lo son, pues corresponderá a los designios del Espíritu, no a las ambiciones mundanas.

Si renuncia es porque Joseph Ratzinger prefiere vivir el tiempo que le resta retirado y dejar a otro Papa que abra un nuevo tiempo en la Iglesia. Vendrá otro, sí, sin saltos en el vacío, para apuntalar la labor que él ha realizado, que ha sido una de las más duras (y a veces incomprendida) en los últimos siglos de la Iglesia católica.

El cardenal Ratzinger fue elegido Papa después de Juan Pablo II, un Pontífice carismático, vitalista, llegado del Este, determinante en la caída del comunismo soviético, que le dio una dimensión mayor a la Iglesia universal. Desde que en 2005 le sucedió como Papa, se decía que Benedicto XVI, por su edad, cubriría un periodo de transición, quizá breve. Pero no ha sido así. Llegó como uno de los principales teólogos, un intelectual, al que a veces se ha tergiversado y hasta caricaturizado, como en ciertos episodios de su libro La infancia de Jesús, por mala fe o ignorancia. Y además ha debido afrontar con mano de hierro sucesos tristes para la Iglesia, como los casos de pederastia en algunos países (la mayoría de otros tiempos), que se convirtieron en un ariete para que los enemigos de la Iglesia la atacaran. Reconducidas las aguas a su cauce, tras el daño sufrido, este Papa tiene más heridas en el alma que en el cuerpo. Y también el cansancio de haber luchado con firmeza y rectitud.

Cuando este Papa se va es porque ya ha cumplido su misión. Aunque algunos no lo crean, su legado es una Iglesia católica mejor y más auténtica.

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