desde el fénix

José Ramón Del Río

Partidarios

LE pido, amigo lector, que haga un esfuerzo de imaginación. Un gran esfuerzo porque lo que le cuento seguidamente no creo que haya sucedido en la realidad. Imagine a un vecino de Madrid, de Barcelona, Sevilla o Valencia, que es un gran aficionado al fútbol. Como en aquellas ciudades hay dos equipos en primera división, es socio y abonado de los dos clubes, así que ninguna semana se queda sin fútbol. Lo insólito es que no es hincha de ninguno de los dos equipos de su ciudad, sino ferviente partidario de los dos. Explica que lo que le gusta es el fútbol y por eso disfruta por igual con el juego de los equipos de su localidad. Y cuando un equipo local se enfrenta con el otro, aplaude las buenas jugadas y silba los fallos, sin reparar en el color de las camisetas, con el único deseo de que gane el que mejor juegue. Estará usted de acuerdo conmigo que este aficionado -esta perla de la imparcialida- nunca ha existido ni existirá. Porque el fútbol es pasión, es compromiso con unos colores, que está resumido perfectamente en el dicho ¡Viva el Betis, manque pierda! o en el de los partidarios del Atlético de Madrid, que fueron los que bautizaron a su equipo como el Atlético pupas, y también, por qué no, el compromiso con su club de la afición del Cádiz C.F., inasequible al desaliento. Lo que quiere el verdadero hincha es que su equipo gane, juegue bien o juegue mal, y así lo resumió, con acierto, un ex presidente del Real Madrid, que decía que lo que le gustaba era que su equipo ganara en el último minuto y de penalti injusto.

A diferencia del fútbol, en el que los verdaderos aficionados están con su equipo, los votantes en las elecciones no son tan fieles al partido que votaron en las últimas elecciones. Por supuesto que hay un porcentaje que nunca cambiará su voto, por mucho que el partido les haya defraudado. Pero existe otro porcentaje que, o no tiene reparos en cambiar, si se siente defraudado, o que dejará de votar, e incluso que irá a votar cuando antes no lo hizo. Resulta que este porcentaje, sumado al de los incondicionales, es el que hace ganar unas elecciones.

Dentro de pocos días estamos llamados a acudir a las urnas, pero nuestra legislación electoral no nos obliga con ninguna medida coercitiva. Sólo las convicciones democráticas determinan nuestra actuación, aunque dentro de aquellas se incluya, incluso, la abstención. Sin embargo, los que no tuvimos ocasión de votar durante muchos años no queremos dejar de hacerlo. Vaya, pues, si es que ha decidido votar, preparando su voto y asegurándose de que puede hacerlo, no le ocurra lo que a tantos hijos nuestros que están empadronados en lugar distinto de donde estarán el 20-N.

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