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Un día en la vida

Manuel Barea

mbarea@diariodesevilla.es

Perdido en Tapalandia

El 'barismo' es en Sevilla una especialización muy vieja -no, vieja no, rancia- del periodismo

Abre un bar. Cierra. Abre otro bar. Cierra. Y así. Muchos duran menos que una cachipolla. Abre un bar donde antes estaba la sucursal de una caja de ahorros provincial devorada en el condumio pantagruélico de las fusiones bancarias y va uno, despistado y en ayunas, a sacar unos billetes urgentes al cajero y regresa con menos panoja y repitiendo la tostada (más que Hojiblanca parece que le han puesto Repsol). El mismo local es poco después una cripta polvorienta con el cartel de Se Traspasa. Pronto abrirán otro bar. Que cerrará. Y luego vendrá otro. Y así. Igual que donde antes había una ferretería antigua y solvente en la que hasta Pedro Picapiedra podía dar con un tornillo que ya no se fabrica luce ahora un Burger King donde una peña de niños con coronas de cartón ya están como tuercas por todo el azúcar que se han metido. Y hubo un bar en esa peluquería donde cortan el pelo a cofrades hipsters -o a hipsters cofrades, la condición prioritaria la ordena la pareja de cada cual-, a cuya distinguida clientela ofrecen mientras espera cerveza artesana, una mierda líquida que sabe a crisantemo. Y donde antes había una librería han abierto un restaurante para foodies desesperados por probar lo último que han descubierto en TripAdvisor: Esferificación de Conejo, innovación del cocinero en homenaje al conejo de Alicia en el País de las Maravillas (entiéndaseme, al Conejo Blanco que sale en el relato). Entretanto montan al lado del río -que aquí no es lo mismo que al fresco- una barra del copón para conseguir la ansiada chapa del récord Guinness y hasta allí acude en masa el gentío en busca de una birra en plástico y una tapa de algo. Y los medios le damos jarilla, y mucha, a todo este asunto del papeo. Como si no hubiera un mañana (que no lo hay, por cierto). Con esto de la prontitud, la inmediatez y el saber las cosas antes de que ocurran hay que soltar lo que sea aunque no sea del todo cierto, de manera que algún fatiga novelero que ha ido a un bar del que han hablado en las redes sociales se ha encontrado a los pintores dando los últimos brochazos. Sevilla no es menos. Al contrario, me da que es pionera. Porque aquí el barismo es una especialización muy vieja -no, vieja no, rancia- del periodismo. Entra uno en un bar e incrustado entre las fotos de cristos y vírgenes y futbolistas y folclóricas y de la Estrella del Toreo ve enmarcado un artículo con el tono de un pregón al Gran Poder, pero dedicado al dueño del bujío. He llegado a leer el titular Un bar honrado. No te jode. No creo que lea jamás El bar del Sablazo -que los hay a espuertas- y debajo un texto advirtiendo que las croquetas están para jugar al bádminton y la ensaladilla para pegar los ladrillos de Torre Sevilla. ¿Colgaría esa semblanza el tabernero? No, esos cronistas no están dispuestos a jugarse su válvula. Que es estupendo, y muy económico, tapear de pescuezo.

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