Alto y claro

josé Antonio / carrizosa

Periféricos

HEMOS oído hablar cientos de veces de la necesidad de un nuevo modelo productivo en Andalucía. Nadie acierta a explicar bien qué hay detrás de tan rimbombante expresión y pareciera a veces que los nuevos modelos productivos se pudieran comprar en la planta de oportunidades de El Corte Inglés. Mientras alguien se aclara al respecto pasan los meses, pasan los años, y cada vez estamos más hundidos en los mismos problemas de los que no salimos por más vueltas que le demos. La región está condenada a rondar la cifra del millón de parados, como se ha demostrado en los datos del mes de febrero publicados esta semana, y basta que finalice una campaña agrícola para que se dispare en invierno la estadística que el turismo corrige, malamente, en verano. Se pueden hacer los discursos que se quieran sobre la Andalucía imparable y sobre cómo nos vamos a situar en los sectores innovadores y de futuro. Pero la dura realidad es que trece de las quince poblaciones españolas con más paro están en esta comunidad autónoma y que el año pasado hemos perdido otro punto de convergencia con Europa en términos de producto interior; es decir, en que somos todavía un poco más pobres con respecto a la media de los europeos de los que los éramos hace dos años. Esto no es consecuencia ni de la mala suerte ni de que la crisis nos haya golpeado más duro que a otras regiones españolas o europeas. Responde esencialmente a las propias incapacidades que hemos desarrollado y a un modelo de planificación impulsado por los diferentes regímenes que se sucedieron en España a los largo del siglo XX que situaron los centros industriales en el norte y en Cataluña y condenaron al sur al subdesarrollo, el agrarismo y la emigración.

En definitiva, y por decirlo en pocas palabras, Andalucía, por razones de todo tipo, no ha encontrado su camino. La culpa no es de nadie y es de todos, que es la mejor forma de quedarse estancados. Llevamos ya más de tres décadas en un sistema liberalizado y las circunstancias siguen siendo las mismas. En una estructura económica de libre mercado como la nuestra, la riqueza y el empleo los crea la iniciativa privada si detrás tiene un potente sistema financiero que lo apoye. La misión de lo público es básicamente la de facilitar las cosas, no poner obstáculos y respaldar los proyectos que sean estratégicos para asentar la riqueza en el territorio que se encarguen de gestionar, sea municipal, autonómico o estatal. Aquí, a los resultados de las últimas décadas nos remitimos, ha faltado empresa privada, músculo financiero y respaldo público, esto último más por el furor reglamentista que ha acompañado el desarrollo autonómico que por carencia de gestión o de puesta en marcha de instrumentos.

Nos han fallado demasiadas cosas. Una de ellas, de las más importantes, nuestra propia percepción del papel de Andalucía en un mundo que se ha transformado radicalmente en el curso de muy pocos años. Tenemos comportamientos y reflejos de sociedad periférica y eso condiciona muchas de las cosas que se hacen y que dejan de hacerse en la región. Una sociedad periférica se conforma con las migajas que le llegan desde el centro y llevamos muchas décadas instalados en ese comportamiento. No hemos sido conscientes de que un mundo globalizado, en el que los núcleos de decisión cada vez se sitúan más hacia el sur y hacia oriente, el Mediterráneo, y Andalucía dentro de él, si aprovecha su situación, puede encontrar oportunidades con las que ahora ni siquiera sueña. Para eso se necesita educación y emprendimiento, dos aspectos esenciales del desarrollo de las sociedades a los que de forma irresponsable la región ha dedicado muy poca atención. Si no elevamos el nivel de nuestra educación, si no invertimos en mejorar nuestros centros de enseñanza y sobre todo las universidades, estaremos perdiendo oportunidades año tras año. Los datos nos lo dicen de forma clara.

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