el periscopio

León Lasa

Perritos y pensiones

UNA de las modas que más se extendió durante aquellos años en los que nos creímos también nosotros que éramos guapos y altos como los artistas de cine, que nuestros hijos se parecerían más a Brad Pitt que a sus abuelos, fue la de que no hubiera casa que se preciara que no tuviera su mascota, su perrito, bien en la versión hortera -perritos rata, caniches-, bien en la versión Balmoral -fundamentalmente labradores o golden retriever-. Como nos suele ocurrir a los meridionales, adoptamos la adaptación indolora de la costumbre, la que no implicaba sacrificio cívico alguno. Paseamos nuestros perros por las calles, pero que otros recojan los excrementos; los dejamos permanentemente en patinillos de adosados -esos remedos a escala de las fincas que nunca tuvimos- y que el vecino aguante los ladridos.

Comportamientos que se antojan normales en estos secarrales -que un perro ladre y ladre toda la noche en una terraza mientras su dueño se solidariza con las etnias del Amazonas- son impensables en esos países a los que durante un tiempo se nos antojó posible imitar. Pero además de la cuestión cívica -batalla perdida a pesar de lo que digan todas nuestras ordenanzas municipales-, la ética. En un mundo donde mueren de hambre 25.000 niños al día, anuncios televisivos nos bombardean con alimentos para perros y gatos, enriquecidos suplementos vitamínicos. Que Dios nos coja confesados.

Según la revista Consumer, de la cadena Eroski, seis de cada diez españoles tienen una mascota. Y el mantenimiento mínimo de esos juguetitos emocionales cuesta unos 500 euros al año: más o menos 40 al mes. Por el lado más corto. Existen en España alrededor de 13 millones de perros y cinco millones de gatos. Unas cifras que se dispararon durante los años del boom económico y que comienza a menguar por razones obvias: cuando la pobreza entra por la ventana, los perritos se quedan en las gasolineras. Pero, de todas maneras, como se ha apuntado en varios ensayos (lean, si la Blackberry lo permite, La sociedad de la decepción, del sociólogo francés Gilles Lipovetsky), se puede atribuir también esta pulsión por los animales domésticos a la disolución de los lazos sociales que caracteriza nuestra época: el apego a un perro es una forma de protegerse de las decepciones o de los compromisos. No tenemos hijos, pero adoptamos un gato; no tengo tiempo para visitar a mis padres, pero saco por la mañana al perro a pasear. Y para colmo, esos animalitos ni siquiera ayudarán a pagar las pensiones del futuro.

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