La tribuna

rafael Rodríguez / prieto

Progresía ibérica

LA censura padecida por un artista judío es sólo la última manifestación de una estomagante progresía caviar que está arruinando a la izquierda de nuestro país. Los mismos que exigen a un músico un pronunciamiento explícito en el sentido que ellos determinen parecen no tener problemas para aplaudir pactos políticos con partidos formados y diseñados por algunos que, hasta hace bien poco, eran comprensivos con los que disparaban en la nuca. Su cobardía no les daba para más. Todo para celebrar un fanático antisemitismo cristalizado en el odio a Israel y a lo que representa: un Estado en Medio Oriente donde se respetan derechos y libertades básicas y donde los homosexuales pueden vivir sin temor a ser ajusticiados o una mujer ser primera ministra. Los gobiernos pasan y sus actuaciones pueden ser criticables, pero lo que no debe ser puesto en cuestión es el derecho de Israel a existir. A esta progresía acostumbrada a que les rían las gracias, los problemas de los palestinos les importan casi tanto como la vida reproductiva del koala. Son un mero instrumento para imponernos su fanático antisemitismo.

Esta progresía caviar es la misma que alienta el fundamentalismo antitaurino. Generar violencia o riesgos no es un problema, si a cambio aparecen en el telediario. Su incultura es sólo comparable a su fanatismo y proporcional a las cuantiosas subvenciones que reciben. Me imagino que la mayoría sólo se alimentará de verduras, aunque existan creencias que sostengan que incluso las plantas sufren cuando se les extirpa una parte de sí. Por tanto, una persona sólo se debiera alimentar de aquello que se desprende de la naturaleza. El hecho de que el tratamiento a un toro sea infinitamente mejor que el de cualquier animal usado en la industria alimentaria no parece interesarles. Ni tampoco que los toros sean un arte; una fiesta que desde la civilización minoica hasta Picasso recorre el mare nostrum. Tampoco es relevante que sea una actividad con la que muchas familias llegan a fin de mes. Nada de eso importa a los que se alimentan de bebidas orgánicas dispensadas por la multinacional de turno. La cuestión es imponer al conjunto de los ciudadanos lo que les tiene que gustar, lo que hay que hacer o pensar. Prohibir les encanta; reflexionar, menos. Leer poco, ya que hay que ver la teleserie del momento.

Y es que esta progresía estomagante adora sentirse en posesión de la verdad absoluta y tratar al resto de la sociedad con la displicencia propia de un señorito. Hay tanto clasismo en esta progresía y tantos deseos de justificarse ante sí mismos que son capaces de los mayores dislates. Se autodenominan de izquierda mientras aplauden cualquier consideración de la horda nacionalista y racista que trata de convertir España en los Balcanes o en las antiguas repúblicas ex soviéticas, a la vez que califican al resto de sus conciudadanos como ganado o parásitos. El internacionalismo les suena a facha y es que cualquier cosa que no aparezca en el manual del perfecto progre ibérico les causa repugnancia. Pensar por sí mismos les genera nauseas.

Esta progresía es la misma que enmudece en caso de llegar al gobierno y tener que tomar las decisiones que transformarán realmente la sociedad. Son los mismos que tienen que salir en el receso de un consejo europeo a cambiarse de pañales cuando el ministro de Merkel levanta la voz más de lo normal. Cuando tienen que defender los valores básicos de la izquierda, resumidos en una verdadera democratización de la economía y una imprescindible extensión de la justicia social, se quedan en la barrera.

Debemos reivindicar una izquierda que, frente a esta progresía caviar, defienda y actúe en favor de las clases explotadas por el modelo socioeconómico imperante. Una izquierda que reaccione contra las teocracias que pretenden imponer una visión única del mundo y proteja a todos aquellos ciudadanos amenazados por las mismas, garantizando la libertad de expresión y de viñeta. Una izquierda que no pretenda imponer a los ciudadanos lo que les tiene que gustar o no; capaz de respetar diversidades o diferencias y situarlas en el marco común de las necesidades que todos los seres humanos compartimos.

Desde lejos, España se aprecia como un país provinciano que se cuece en un bochornoso fuego trufado de esperpentos para esquivar una realidad hostil. La gente muere en nuestra puerta y nosotros nos dedicamos a debatir sobre el nombre de las calles. Mientras se da un golpe de estado en Grecia, para dejar claro que son los poderes financieros los que mandan, aquí se despliegan pancartas en favor del derecho a decidir o, más bien, a destruir. Ésta es la progresía ibérica, que no española. Ya se sabe que calificarse así sería facha. Lo dice el manual.

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