la esquina

José Aguilar

Rajoy, sin despeinarse

EN las épocas de cambio en las que la sociedad ha tomado la firme determinación de quitar a un gobierno y poner a otro, las campañas electorales devienen en puro trámite. El resultado está cantado, los candidatos apenas influyen en la voluntad del electorado y los programas se presentan por pura costumbre, pero nadie los lee y nadie se los cree.

Es el caso de la que empieza esta madrugada. Mariano Rajoy va a ganar el 20-N sin despeinarse, no vaya a ser que a alguien no le guste su pelo revuelto. Sin explicar lo que piensa hacer con el poder, no vaya a ser que alguien pudiera disgustarse con alguna medida. Reunió el lunes en Santiago a los ochenta miembros del comité ejecutivo del PP, llegados de toda España para escucharle resumir el programa y aplaudirle. Nadie pidió la palabra para pronunciarse sobre la oferta que se formula a los españoles. No hubo debate. El programa no se aprobó por mayoría ni por unanimidad, se aprobó por ovación.

Tampoco hubo ni la más remota posibilidad de cumplimentar esa elemental tradición de la vida democrática que consiste en que el líder sea preguntado, cuestionado, matizado o replicado por los periodistas, que tuvieron que seguir la exposición de Rajoy a través de un televisor colocado en una sala contigua. Prefigura lo que va a pasar durante la campaña: Mariano no dará ruedas de prensa y su equipo seleccionará las imágenes de sus actos que deban emitirse por televisión. El único debate en territorio neutral, el del lunes con Rubalcaba, lo afrontará sin moverse de sus pre-posiciones y con la preocupación propia del ganador, a saber, comprometerse lo menos posible para no meter la pata. Por cierto, nunca ha habido menos interés entre el público por un debate de candidatos presidenciales.

El programa del PP se divide en dos partes: una explica la política económica liberal que piensa poner en práctica... cuando pueda, y otra no explica lo que hará en otras políticas sectoriales para no molestar a nadie y atrapar votos de todas partes. En el primer bloque ya tiene preparado el argumento justificativo para no bajar los impuestos enseguida y hacer algunos recortes (la herencia recibida, el déficit público superior al previsto). En el segundo, el de las políticas cobijadas bajo el manto de la ambigüedad, entra casi todo, desde el matrimonio homosexual hasta el plan hidrológico -donde ya ni se cita la palabra trasvase-, pasando por la ley de plazos para el aborto, cuestión sobre la que se pasa de puntillas. En la oposición lo tenía muy claro, ahora todo es más incierto e impreciso.

Cuando un partido ha logrado ya la hegemonía ideológica y política dejan de interesarle programas y candidatos. Le pasó al PSOE en 1982 y le ha pasado al PP ahora. Triunfan sin despeinarse.

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