Palabra en el tiempo

Alejandro V. García

Reprobación papal

SUENA tremendo eso de "reprobar al Papa". Formulado así, sin más explicaciones, en su enfática literalidad, parece no una fórmula política del siglo XXI sino uno de aquellos feroces e hiperbólicos desafíos de las guerras santas que durante siglos asolaron Europa. El propio término elegido, reprobar, tiene unas inconfundibles desinencias religiosas. Un réprobo no es otra cosa que alguien que ha sido condenado al infierno o apartado de la Iglesia por su depravación o perversidad. En consecuencia, reprobar al Papa arrastra un halo cismático (y herético) impropio de una proposición de una cámara de representantes. En esos término lo ha querido entender el cardenal Antonio Cañizares cuando ha explicado que semejante acto es "un ataque e ignominia hacia un hombre de Dios". En gran medida le asiste la razón. Y además, se preguntará Cañizares, ¿qué pintan unos partidos de izquierda, y por lo tanto, agnósticos, reprobando al Papa?

En efecto, suena a tremendista el titular de la reprobación papal que este fin de semana he leído en muchos periódicos conservadores, sí, pero supongo que compuesto así por conveniencia, para darle forma de sacrilegio a la sencilla y terrible cuestión que subyace tras la iniciativa parlamentaria que ha presentado en el Congreso IU-ICV. No se trata de discutir dogmas sino de censurar las afirmaciones que Benedicto XVI hizo el pasado mes de marzo en África contra el uso del preservativo como método para prevenir el sida. Hasta donde sé nadie se propone en el Congreso de los Diputados proclamar al antipapa. Además, ya hay un antecedente, el de Parlamento del católico reino de Bélgica.

La cuestión es más sencilla. Se trata más bien de censurar la recomendación de un líder espiritual de gran influjo (la de abstenerse usar el condón) por su trascendencia sanitaria y sus bases acientíficas. Y eso es otro cantar. Así lo han debido entender las dos diputadas del PP, Ana Pastor y Celia Villalobos, que votaron a favor de la admisión a trámite de la iniciativa sobre el Papa y el preservativo. Quien se quede en el anatema o en la rabieta anticlerical se equivoca. Otra cosa es la oportunidad diplomática de la votación.

Leo en El País la carta de un lector que se pregunta si el Papa se opondría al uso de las mascarillas contra otro virus, el de la gripe porcina, porque su eficacia tampoco garantiza que sus portadores no vayan a contraer la enfermedad. ¿Recomendaría la abstención antes que las mascarilla de la gripe? Supongo que no. Porque el problema no es el profiláctico sino el sitio donde se coloca, los humores que por allí fluyen y, sobre todo, los pecados referidos a semejante sitio. Pecados, que no ciencia.

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