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La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

Reyes, palmas y Esperanza

Sevilla da tres oportunidades al niño que fuimos: los Reyes, el Domingo de Ramos y el Viernes Santo

Desde Bachelard a Fellini pasando por Rousseau, Nietzsche, Rilke, Picasso o Saint-Exupéry podría hacerse un libro de no pocas páginas con todas las citas en las que los pensadores y creadores más diversos escriben sobre la importancia de no perder el contacto con el niño que fuimos, con esa parte de nosotros mismos que los psicólogos llaman el niño interior. La indefensión emocional, el amor sin condiciones, la capacidad de asombro que descubre maravillas en lo cotidiano, la creatividad -todos los niños pintan, cantan, juegan, inventan- son dones de la infancia que por desgracia muchos van perdiendo con el paso de los años. No se trata del complejo de Peter Pan, ni de la inmadurez irresponsable y egoísta, sino de capacidades perdidas que los creadores verdaderamente grandes conservan a lo largo de toda su vida. Gertrude Stein dijo que Picasso -a quien se atribuye la famosa frase "me costó toda una vida pintar como los niños"- "conoce las caras como las conocen los niños". Fellini solía decir que nada era más aburrido que el mundo de los adultos que habían olvidado las maravillas de su infancia. Cuando contaba 81 años Mario Benedetti dijo en una entrevista en El País: "La infancia es un privilegio de la vejez. No sé por qué la recuerdo actualmente con más claridad que nunca".

Nada más tonto que el adulto que se hace pasar por niño creyendo que los niños son tontos. Nada más irritante que los envejecidos adolescentes que Fellini llamó vitelloni (bovinos, terneros). Pero también nada más plano, gris y aburrido que el adulto que ha olvidado que fue niño. La vida ofrece cada año, esta tarde de cabalgata y esta noche con impaciencia de amanecer, la oportunidad de que lo recuperen quienes lo han olvidado o perdido.

Sevilla, ciudad generosa para quien sepa vivirla entera y hasta el fondo, ofrece otras dos oportunidades: la mañana del Domingo de Ramos, a la que siempre se amanece niño, y la del Viernes Santo, en la que nada acaba y todo empieza, en la que toda ausencia es presencia, en la que todos los adioses son reencuentros, en la que todo es nuevo como si fuera la primera mañana del primer día de la creación, en la que se lloran indefensas lágrimas niñas ante "esta moza de San Gil que dicen que por abril cumple diecinueve años", como bien la vio Caro Romero, eternamente joven como todas las madres. Feliz noche de Reyes.

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