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La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

Rosco de Reyes, por favor, no roscón

Se pierde la palabra rosco de Reyes como se perdieron aquellas confiterías y hornos en que los comprábamos

Aquí los churros eran calentitos; las churrerías, calenterías; los belenes, nacimientos; y los roscones, roscos de Reyes. Digo que lo eran porque desde hace años ya no lo son. Tantos, que allá por enero de 2017 el compañero Luis Carlos Peris titulaba una de sus ventanas De cómo el rosco es ahora roscón. Pasados cinco años el triunfo del dichoso roscón es absoluto. La cosa no tiene mayor importancia, si quieren. Salvo la de hacer más uniforme, incolora, inodora e insípida la cotidianidad. Lo que se compraba en La Española, en los hornos de San Isidoro y San Buenaventura, en Los Estepeños o en la Confitería Santa Catalina -por citar cielos perdidos- y se compra en la históricas Ochoa y La Campana o en la más joven -en Sevilla, no en su Estepa originaria- La Despensa de Palacio eran y son roscos de Reyes, no roscones.

Sin que nos afecte el síndrome franquista que para impedir "la presencia de modas con apariencia de vasallaje o subordinación colonial" prohibió por orden ministerial de mayo de 1940 "el empleo de vocablos genéricos extranjeros como denominaciones de establecimientos o servicios de recreo, mercantiles, industriales, de hospedaje, de alimentación, profesionales espectáculos y otros semejantes", de resultas de la cual los nombres de los autores extranjeros se tradujeron, Margarita Gautier se convirtió en Margarita Gutiérrez, la ensaladilla rusa en nacional y el filete ruso en imperial; mientras desde la Delegación Nacional de Propaganda se ordenaba: "Queda terminantemente prohibido transmitir por medio de discos, o por especialistas que actúen en el estudio, la llamada música negra, los bailables swing, o cualquier otro género de composiciones cuyas letras estén en idioma extranjero". Y sin que tampoco nos afecten los tan parecidos síndromes galos, vascos y catalanes de Astérix, Ortuzar o Puigdemont, podemos lamentar que se pierdan tanto la palabra rosco como aquellas confiterías en que los comprábamos y daban -literalmente- sabor propio a Sevilla.

En 2014 el Instituto Cervantes de Madrid organizó la exposición interactiva El cajón de las palabras perdidas dedicada a las 2.785 voces desaparecidas tras caer en desuso. "Buscamos crear una reflexión sobre lo que se conquista en una sociedad, pero también sobre el riesgo de la pérdida" dijo entonces Luis García Montero. Pues a ese cajón ha ido a parar el rosco de Reyes expulsado por el roscón.

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