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Saber o no saber

Asimov advirtió de un vicio que prosperaba: "Mi ignorancia es tan buena como tu conocimiento"

En realidad si Shakespeare hubiera sido autor de libros de autoayuda, en lugar del genial dramaturgo que fue, y habitara el siglo XXI y no a caballo entre el XVI y el XVII como le tocó, Hamlet hubiera cambiado su célebre ser o no ser por estar o no estar. Que ésa es la cuestión de este tiempo de egos multiplicados, ruidos amplificados y notoriedad abaratada, puro saldo. Porque está -y al estar es- he visto como los últimos días una legión de científicos y profesionales de la medicina acudían presurosos a contradecir la opinión (dogma) de una influencer sobre la pandemia y la oposición a la vacuna. No ya a un médico o a un biólogo, los niños que fuimos replicábamos a la tita Mary Loli sobre algo y como mínimo esa tarde nos quedábamos sin merienda, que no es que yo abogue por la represión como norma, al contrario, sólo se llega a saber si se pregunta, pero si se parte del respeto al conocimiento ajeno. Y sed de acumular el propio. Si no la veteranía, en esa niñez nuestra de repulsa a lo oficial, el conocimiento sí era un grado. De hecho, la dictadura había procurado que nos mantuviéramos en la ignorancia. Quién nos iba a decir que, en nombre de la democracia, en un momento esencial para la facilidad de expansión de las sabidurías, otra vez nos encontremos con que la inepcia y la necedad campen sin complejos.

Lástima que no hubiéramos hecho caso a Asimov, uno de nuestros más lúcidos y anticipados escritores cuando advirtió de un vicio que entonces ( murió en 1992) no había hecho más que asomar la patita: en nombre de la libertad de expresión estábamos convenciéndonos de que " mi ignorancia es tan buena como tu conocimiento". La democratización de... ¿qué? Si todos los votos valen ¿las opiniones, también? No se trata de convertir en delito la negación de la ley de la gravedad o la defensa del poleo menta como cura del coronavirus, pero ¿es razonable permitir que la mentira forje nuestras opiniones? En nombre de la libertad de expresión ¿debemos permanecer inertes cuando alguien asegura que cualquier emigrante consigue un piso y una renta nada más pisar nuestro sagrado suelo? ¿Qué enfermedad social demostramos padecer cuando no reaccionamos con repugnancia ante quienes niegan la violencia machista y el asesinato de mujeres por el hecho de serlo?

¿Qué bisoñez democrática demostramos cuando consentimos falsedades como respuesta ante problemas complejos que requieren precisamente máxima seriedad colectiva? Las opiniones son libres, pero las mentiras nunca son algo diferente a lo que son. El propio Asimov, para demostrar la molicie general ante las supercherías y falsedades, incluso entre los intelectuales, escribió un artículo (titulado Las asombrosas propiedades endocrónicas de la tiotimolina resublimada) que hizo pasar por científico. Y coló.

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