Cuchillo sin filo

Francisco Correal

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Saltos de trampolín

Los quince años del capitán de Julio Verne son la medida del sastre del tiempo

Le he regalado en su cumpleaños Un capitán de quince años. Los mismos que acaba de cumplir, puntos suspensivos del primer año de la pandemia que terminamos leyendo Veinte mil leguas de viaje submarino. Con él, con mi hijo, doy la vuelta al día en ochenta mundos.

Ese capitán de quince años de la novela de Julio Verne es la medida del sastre del tiempo para medir la ausencia de mi padre. Murió dos días después de que naciera mi hijo, el octavo de sus diez nietos. Paco como él, y como el padre y el hijo de los dos, que llevo cuarenta y cinco años usurpando su nombre en todo lo que escribo. Francisco Correal era él. Nació el último año de 1925, en plena dictadura de Primo de Rivera. Los quince años de mi hijo me permiten imaginar a aquel otro capitán que con la complicidad de mi madre fueron modelando una familia de cinco varones en tres décadas consecutivas, desde el 57 hasta su capicúa 75. Con cinco años conoció la proclamación de la Segunda República; con diez, el estallido de la guerra civil. Sus quince años, lo digo para catastrofistas de mal agüero y quejicas de manual, fueron mucho más inciertos que los quince años de mi hijo. Los cumplió el primer año de posguerra, que en España fue más dura que la guerra. Ese 1940 fue un año olímpico sin Juegos. Terminada la contienda entre hermanos, empezaba la Segunda Guerra Mundial. Su nieto ha cumplido quince años en el primer año no olímpico con Juegos por los caprichos de la pandemia. Nuestros padres desmontan la dialéctica de vencedores y vencidos. Los que se fueron lo perdieron todo. Los que se quedaron tuvieron que hacer un país de la nada. Hombre del norte que murió en el sur: primeros años de matrimonio en Galicia, veraneos iniciales en Perlora (Asturias), siempre la añoranza montañesa, donde viajaron sus cenizas esparcidas en el valle del Pas. Además del madridismo, me regaló algunas de las pasiones que han marcado mi vida: los libros, los números, los ríos, el abecedario, aunque nunca pasábamos de aquellas palabras anotadas por él con pulcra letra: ábaco, abalorio, abigeato, abigeo, acanto, acervo… El año que se casaron, 1956, cuando Franco boicoteó los Juegos de Melbourne, le dieron el Nobel a Juan Ramón Jiménez. El año que nos casamos nosotros, lo recibió Camilo José Cela. Las letras españolas están en deuda con mi familia. El año que llegué a Sevilla la Academia sueca galardonó a Vicente Aleixandre, al que entrevisté ese mismo año de 1977 en su casa de Velintonia. Patria viene de padre. Se hizo cuñado de mi tío Blas y de las seis hermanas de mi madre. Hijo de militar, yerno de un panadero que combatió en el Batallón Dimitrov. Mi hijo es siempre la alargada sombra de mi padre, llena su ausencia con la plétora de sus afectos. Le he transmitido la pasión por los mapas, por los topónimos. La geografía del alma está llena de valles y de cordilleras. Hizo la mili con Antonio Molina y lo convertí en héroe de un relato industrial que titulé Comando Asdrúbal, una trama en la que aparecían sus mejores amigos: Oña, Aguilera, Puro, Carrañaco. No he visto a nadie tirarse del trampolín como él. Un ángel con bigote.

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