Azul Klein

Charo Ramos

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En San Isidoro del Campo

Rocío Molina y Riqueni llevan la belleza al mismo Claustro de los Muertos del que se robaron los azulejos del XVI

El Claustro de los Muertos del Monasterio de San Isidoro del Campo acogerá este sábado la segunda improvisación de las tres que la bailaora Rocío Molina propone en el Festival de Danza de Itálica. Será difícil superar la primera, cuando la malagueña se enfrentó a las cuerdas del maestro Rafael Riqueni en una exploración de sus respectivos lenguajes y del apabullante recinto donde se enterraba a los monjes jerónimos. Molina consiguió incluso coreografíar las sombras y el aire, todo se concilió al caer la noche del pasado sábado en una propuesta en la que su baile respondía expectante, entregado, abrumado y feliz a la música sevillanísima del guitarrista y compositor. Bailando desde las esquinas al centro mismo del claustro, Rocío Molina fue flamenca y fue contemporánea, fue madre y fue hija, fue adulta y fue niña. Nos regaló todas las edades de su baile exigente, revolucionario y siempre atento a los acordes de Rafael, especialmente cuando la vimos bailar la marcha Amarguras y fue imposible no evocar, ante las filigranas que trazaron su cuerpo y su cabello cubriéndole el rostro, el manto bordado por Juan Manuel Rodríguez Ojeda y el pequeño compás de San Juan de la Palma.

Estas funciones del Festival de Itálica ofrecen también la ocasión de disfrutar del retablo mayor de la iglesia monacal, una de las obras más celebradas de Martínez Montañés. La excepcional figura de San Jerónimo penitente arrodillado y desnudo de cintura hacia arriba que preside el conjunto nos alecciona sobre el arte en plenitud del escultor, cuya relevancia europea podremos conocer mejor a partir de noviembre en la exposición que prepara el Bellas Artes.

San Isidoro del Campo llegó a tener cinco claustros, pero hoy la visita se limita al núcleo medieval, allí donde Rocío Molina eleva los brazos y proyecta su sombra, que se agiganta hasta abarcar las pinturas murales y la ornamentación árabe. Su alegría de bailar trasciende los siglos como la música de Riqueni te invita a creer que la vida puede ser ligera y llevadera, casi un juego de niños.

Terminada su danza, el visitante que antes de marcharse da un pequeño rodeo al Claustro de los Muertos se enfrentará a los zócalos donde faltan parte de las impresionantes azulejerías del siglo XVI atribuidas a Niculoso Pisano. Fueron robadas de la galería norte hace dos años. Su ausencia, que intenta paliar una restauración, deja una sensación amarga. San Isidoro necesita protección, presupuesto, mimos, no trampantojos. La belleza conjurada por Molina y Riqueni hace más evidente el expolio. Y al franquear la puerta y cruzar el hermoso patio de los naranjos nace la rabia por que se haya descuidado así uno de los mejores ejemplos del mudéjar sevillano y los azulejos, como antes los mosaicos de Itálica, se robaran sin que nadie pague por ello ni ponga remedio.

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