El balcón

Sánchez se gusta

La rendición de cuentas del Gobierno sería más creíble si se hiciese en el Congreso en vez de por su jefe de márquetin

Ha completado Pedro Sánchez buen un año en 2020. Consiguió formar una coalición duradera, aunque prefería gobernar solo y los futuros socios le parecían hostiles; afrontó una crisis sanitaria, económica y social de mil demonios que no se lo llevó por delante, reunió una mayoría airosa para aprobar unos nuevos presupuestos, se ha inventado un candidato atractivo para las elecciones catalanas de febrero. (Las maniobras orquestales en Cataluña nos dan pistas de lo que puede pasar en Andalucía en un par de años). Y su jefe de propaganda, el todopoderoso Iván Redondo, le acaba de organizar una autoevaluación y le ha puesto buenísima nota. Cómo no.

De hecho, la intervención del presidente del pasado martes de balance del año fue una tediosa relación de cuadros, números y piropos autoatribuidos. Una hora y diez minutos; sólo he visto superar ese tiempo en una introducción a una conferencia de prensa a Boris Yelsin en su primera visita al Parlamento Europeo en abril de 1991. Y los periodistas lo abroncaron. Bajo el gerundio cumpliendo Sánchez no se cortó un pelo; dijo de su rendición de cuentas que era objetiva, transparente, ejemplar y honesta. Añadió que los expertos independientes que habían hecho el peritaje tuvieron la máxima libertad. Sería mucho más creíble todo si la coordinación hubiese estado en el Congreso en lugar de en la Moncloa.

El mismo martes por la mañana, uno de esos expertos, el filósofo Daniel Innerarity explicaba a Íñigo Alfonso en RNE que la evaluación sólo se institucionalizará si no se queda en mera propaganda del Gobierno y la oposición la ve útil. De momento no se cumple ninguna de las dos hipótesis: este chequeo está en manos del jefe de márquetin del presidente y Pablo Casado le ha recordado a Sánchez que el control al gobierno se hace en el parlamento.

Hay una delgadísima línea que separa el don de la oportunidad del oportunismo en política. Y Sánchez la transita por el lado peligroso con éxito. Venció a Madina las primarias de 2014 con el apoyo imprescindible de Susana Díaz, con la idea de que ella sería la candidata en las siguientes elecciones. Cuando se quiso hacer con todo el poder, lo defenestraron en 2016 con la federación andaluza como ariete. Arrasó a Díaz en las primarias de 2017 con un programa izquierdista tomado prestado de Podemos. Después durante todo 2019 atacó a Pablo Iglesias y los suyos con encono para acabar formando juntos una coalición. No existe el gobernante inoxidable, pero de momento Sánchez tiene tan buena racha que se gusta.

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