La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

Santo Entierro y faraones

A uno, muy de aquí y muy cateto, le dio por temer que lo de El Cairo inspirara a algún 'director artístico' cofrade

Faraónico alude a lo relativo a los faraones y a algo grandioso o fastuoso. Su uso común ha ampliado este último significado a lo excesivamente lujoso que requiere un desproporcionado esfuerzo o gasto. Las autoridades egipcias han logrado fundir los tres significados al convertir el traslado de 22 auténticas momias reales del Museo Egipcio del Cairo al nuevo Museo de la Civilización Egipcia en un espectáculo fastuoso que, en su afán por asombrar al mundo, incurrió en los más lamentables excesos horteras. El resultado parecía una mezcla entre el Luxor Hotel de Las Vegas, la Cleopatra de DeMille, Aida y La corte del faraón con las coristas egipcias (de hoy) disfrazadas de egipcias (de ayer) cantando por Verdi o el maestro Lleó.

En la larga lucha entre lo auténtico y lo falsificado, el rigor histórico y el pastiche, ganó lo segundo. Era Egipto. Eran las auténticas momias de los faraones y las reinas. Pero convertido en falsificación hortera. Más propio de Las Vegas que del Cairo, del Egipto de cartón piedra reinventado en Hollywood que del real. La comparación, que muchos han hecho, entre este traslado y el de 40 momias faraónicas desde sus emplazamientos originales al Museo del Cairo que tuvo lugar en 1881, organizado por el egiptólogo alemán Émile Brugsch para evitar su expolio, deja claro lo que va de los tiempos de los egiptólogos alemanes, franceses o ingleses -tan frecuentemente acusados de expoliadores olvidando que también fueron salvadores- a la actual era del espectáculo y el turismo de masas. El propio Brugsch dejó escrito como, embarcadas las momias para ser trasladas hasta El Cairo, en las orillas del Nilo se formaron espontáneas concentraciones de campesinos que les rendían honores mientras las mujeres se rasgaban los vestidos profiriendo lamentos funerarios. Nada que ver con la gigantesca horterada del desfile de furgones decorados, aurigas conduciendo carros, coristas disfrazadas de antiguas egipcias, guardias a caballo, figurantes que simulaban ser sacerdotes y una banda sonora puesta en directo por una orquesta de 120 músicos y un coro de 100 voces.

A uno, que es muy de aquí y muy cateto, le dio por temer -dados los rumores de hacer algo muy especial cuando vuelva nuestra Semana Santa- que esta especie de Santo Entierro Grande de faraones inspirara a algún director artístico cofrade. Que Thot, el dios de las artes, nos proteja.

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