la tribuna

Lourdes Alcañiz

Seguridad Social a la americana

LO que no consiguieron ni Eisenhower, ni Kennedy, pasando por Nixon, Carter y Clinton, lo ha conseguido Barak Hussein Obama: aprobar la reforma del sistema sanitario estadounidense. Ha sido una larga batalla y la última palabra todavía no está dicha si gana las elecciones Mitt Romney, pero el Tribunal Supremo estadounidense se ha pronunciado y la reforma tiene vía libre. A partir del año 2014 los estadounidenses tendrán que tener un seguro de salud médico por ley.

El Tribunal Supremo ha dado por buena la parte más controvertida de la reforma que obliga a los individuos a adquirir un seguro de salud. Este ha sido el clavo al que se han agarrado los republicanos invocando el sagrado derecho americano a las libertades individuales. El candidato republicano Mit Romney ha jurado que acabará con la reforma, tan pronto acabe con Obama en las urnas.

Entretanto la ley requiere que los ciudadanos compren un seguro de salud o, en caso contrario, paguen un impuesto, que se irá incrementando con el tiempo. En realidad la ley intenta que la cobertura sanitaria sea asequible para todo el mundo. Para ello pone en efecto una expansión de Medicaid, el sistema de Seguridad Social americano, junto con ayudas federales para las personas de bajos recursos y ciertas restricciones para las compañías de seguros. Esto dará cobertura a millones de estadounidenses sin seguro en la actualidad y, según las estimaciones, solamente un seis por ciento de los norteamericanos se enfrentarán al dilema de si deben pagar el impuesto o comprar el seguro.

Es cierto que esta parte de la reforma no le hace mucha gracia a la mayoría de la población. Tener que gastarse todos los meses, por ley, alrededor de 200 euros no le viene bien a mucha gente, especialmente a gente joven o en buen estado de salud que consideran que no necesitan un seguro. Claro que otra perspectiva muy diferente es la que tienen aquellos con enfermedades crónicas que las compañías de seguros se negaban a aceptar, o bien lo hacían a precios totalmente obscenos. Eso se acabó.

La lógica de esta ley la resumió el presidente Obama ante las cámaras de televisión momentos después de conocerse la aprobación por parte del Supremo. Según Obama, es necesario que la gente que puede pagarse un seguro médico lo haga, para que las primas sean asequibles para todos. Tiene sentido en un mercado donde una visita a urgencias por un dolor de estómago puede costar fácilmente mil euros.

Esta victoria ante el Supremo de Obama es además un tremendo impulso electoral para el presidente. Después de todo el esfuerzo invertido en la reforma por la Administración Obama, hubiera sido catastrófico que el Supremo declarara la ley inconstitucional. Especialmente porque toda la lucha por la reforma sanitaria se ha desarrollado con el telón de fondo de un desempleo que no baja y una economía que no acaba de despegar a pesar de todos los esfuerzos realizados, los billones invertidos y como guinda del pastel, el déficit gigante con el que Estados Unidos carga ahora a cuestas.

Mitt Romney, el probable candidato republicano a la Presidencia, se ha estado frotando las manos desde la aprobación por el tribunal por todos los argumentos que esta decisión le pone en bandeja para diseñar nuevos ataques a Obama. De hecho, desde que se conoció el fallo, el candidato republicano ha recaudado más de dos millones de dólares. Sin embargo, ésta puede ser un arma de doble filo. Si el escenario del debate lo ocupa la Obamacare, como los republicanos llaman de forma peyorativa a esta ley, el tema que más preocupa a los estadounidenses sin lugar a dudas, la economía, quedará en segundo plano.

Por otra parte, la batalla más importante contra la ley puede que tenga lugar en el Senado. Fueron precisamente las pasiones que despertó la ley sanitaria las que le dieron el control de la cámara baja al partido republicano en las elecciones al congreso de 2010 y estas renovadas pasiones podrían arrebatarle el Senado a los demócratas.

Pero, a pesar de que la aprobación de la ley en teoría favorece al presidente Obama, sus posibilidades de ser reelegido pueden verse afectadas precisamente por su aprobación. La ley no es popular entre el público americano. Los demócratas están convencidos de que el problema es que no se ha explicado adecuadamente (realmente la máquina de persuasión Obama no manejó precisamente bien la presentación al público de esta reforma). Sin embargo, gran parte de la impopularidad se debe a la percepción de que el presidente estaba ocupado en una agenda diferente a la de los ciudadanos, durante una de las recesiones más grandes de la historia del país. Incluso después de que el pueblo se lo recordara en las urnas durante las elecciones de 2010 con una mayoría republicana, el presidente siguió adelante con su agenda sanitaria.

Suya es la victoria pero, quién sabe. Quizás una ley que sin duda quedará ligada al nombre de Obama en los anales de la historia norteamericana, será precisamente la que le cueste la Presidencia.

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