La ciudad y los días

carlos / colón

Señor que trae la luz

CADA 6 de enero el Señor del Gran Poder se convierte en el Cirio Pascual de la luz de Sevilla. Como en la noche del Sábado Santo la llama del Cirio Pascual se va pasando de una vela a otra hasta alumbrar débilmente la Basílica presidida desde el presbiterio por la poderosa silueta del Señor, así los días crecientes prenden hoy del fuego de su altar los minutos de luz que van ganando a la noche. Por eso, para que ya del todo el Señor fuera el Cirio Pascual que da su luz a Sevilla, bordó Juan Manuel el crismón, el alfa y la omega en su túnica de Epifanía. Por eso las palabras que pronuncia el sacerdote en el rito de encendido del Cirio Pascual nos suenan hoy a invocación al Gran Poder en el esplendor de su Epifanía: "Cristo ayer y hoy, principio y fin, alfa y omega. Suyo es el tiempo y la eternidad. A Él la gloria y el poder".

Esta noche me parece ver apiñados en la plaza los 74 días que van hasta el Domingo de Ramos; y como se pasan unos a otros las llamitas de la luz creciente tras haberlas prendido en el altar del Señor. Después todos se retiran hacia el Aljarafe para ir añadiendo, uno a uno, esos minutos más de luz a cada día. Para que desde hoy las tardes de Sevilla se vayan alargando poco a poco, alumbrándose día a día con el fuego del altar del Gran Poder como se encienden las candelerías.

Por eso quienes de verdad viven la Semana Santa tienen hoy, no sensación de final, sino de inicio. Y no me refiero a la Semana Santa que -perdóname, William- tantos han convertido en una historia contada por un idiota, llena de ruido y de superficial mal gusto, que nada significa. A la que me refiero es a la que se siente crecer por dentro -del corazón, de la memoria, de las capillas- como algo que viene sin hacer ruido, lleno de emoción, de belleza y de significado. A la que me refiero es a la que nuestros padres nos enseñaron y sobre la que Laffón, Romero Murube, Núñez Herrera, Sánchez del Arco o Juan Sierra escribieron. Algo que tal vez ya no exista más que como momentos fugaces arrastrados por una marea de vulgaridad carente de devoción y de emoción.

Pero hay esperanza. Dijo el Nazareno: "Todo el que viene a mí, oye mis palabras y las pone en práctica se parece a un hombre que, al edificar una casa, echó cimiento sobre la roca; y cuando vino una inundación el torrente dio con fuerza contra ella, pero no pudo moverla". El nombre de esta roca, en Sevilla, es Gran Poder.

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