Sevilla africana

Como parte de las leyendas y tradiciones de Sevilla, comprobamos un año más que los toldos no están

La edad nos vuelve quejosos. Pero, decadencia aparte, lo cierto es que a veces tenemos motivos para la irritación. El calorín insoportable forma parte del patrimonio cultural e inmaterial de la ciudad. No necesitamos la aquiescencia de la Unesco (los maledicentes la llaman la Unasco). Durante el largo y tedioso verano el calor es como una segunda piel. Suena bonito y florido, pero dejémonos de líricos atajos. No soportamos la canícula africana y, de paso, maldecimos la cacareada ciudad del Mediodía. De ahí la irritación que nos invade cuando vamos por la calle y notamos en el cráneo el latigazo del sol. Como parte de las leyendas y tradiciones de Sevilla, comprobamos un año más, bien entrado junio, que los toldos aún no están colocados en las calles. De ahí el día de furia y el conato de enajenación mental transitoria que nos entra al querer asesinar a nuestros munícipes en el salón de plenos de Plaza Nueva.

El titular de Hábitat Urbano ha pedido disculpas a la ciudadanía. De nuevo la burocracia municipal ha retrasado la instalación de toldos y parasoles. No concebimos tanta incuria. Ha dicho Antonio Muñoz que al menos este año el paño de las lonas será de un género mejor. Además, añadió, parece ser que lucirán alguna suerte de serigrafía relacionada con la ciudad. Será como un guiño cómplice al turismo. ¡Y encima provocando! Tenemos sentido del humor, pero detestamos a los bromistas. Algún que otro turista inerme debería caer fulminado cualquier día por la furia del dios Helio. Así aprenderían los responsables. Los toldos empezarían entonces a colocarse al menos desde Resurrección. Pero sería cuando el primer turista expirase en la calle y los informativos de su país revelaran la causa del óbito: el calor africano de Sevilla, la ciudad criminal y sin toldos. Podría caer abatido hoy mismo el primer francés o la primera polaca, puesto que hemos sabido que los ansiados turistas que han llegado al infierno proceden mayormente de Francia y Polonia (no confundir con Cataluña).

Prefiere hablar nuestro colega Sánchez-Moliní de bioclimatización natural y no de toldos para paliar el calor. Bastaría con un bioclima esencial: árboles y más árboles, pérgolas dadoras de sombra, fontanas versallescas, parterres, fuentecillas de agua aliviadora, pavimento selecto... Sugiere nuestro colega Moliní que así sacaríamos el alma de nardo español, algo moruno, que nos habita. Uno preferiría sacar el alma de los patios fúnebres y frescos de los que habló Ortega. Incluso el alma de los jardines umbríos de los cuadros de Teresa Duclós. Antonio Muñoz, no nos mates.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios