¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Sevilla, capital del genocidio

Sevilla ya no es "puerta y puerto" de América, sino la capital del holocausto indígena

Los mexicanos se han puesto a celebrar el segundo aniversario de su independencia (que les aproveche) y los españoles, para variar, hemos aprovechado la ocasión para agarrarnos por esos cuernos de miuras que nos ha dado Dios. Asistimos estupefactos a cómo la izquierda radical ha decidido romper con otro de los consensos básicos que tenía la sociedad española (ya lo hicieron con la Transición): que la conquista y colonización de América fue un proceso largo y complicado, con muchas cosas de las que avergonzarse y otras tantas por las que sentir orgullo. Es decir, un término medio entre las ridiculeces neoimperiales del franquismo y las truculencias y exageraciones de fray Bartolomé de las Casas. La Historia suele ser como la vida misma, un relato confuso y contradictorio en el que se mezclan miserias y grandezas, muchas veces protagonizadas por el mismo sujeto.

Hasta la fecha siempre habían existido voces que sólo veían avaricia, sangre y explotación en la labor de España en América, pero en España se limitaban a cenáculos muy minoritarios y a publicaciones sin ningún prestigio y apenas difusión. Ahora, por lo que estamos observando en estos días, este discurso sin matices ha saltado a los medios de masas de tendencia progresista. Se trata, como ya hemos visto con la Guerra Civil, de contar una historia de buenos-buenísimos y malos-malísimos, un cuento que sólo una sociedad tan infantilizada como la nuestra puede tragarse. Por supuesto, a todo aquel que intenta un relato diferente se le acusa de "revisionista" y "negacionista", insulto de moda entre los que habitan en el lado correcto de la historia.

No es este el lugar para un debate profundo sobre la conquista y colonización de América. Pero sí nos gustaría señalar cuál es la consecuencia para Sevilla de la total impugnación de la historia colonial española. Nuestra ciudad, tan dependiente de sus mitos, tiene en su americanidad, en su antigua condición de capital de América, una de sus señas de identidad favoritas. No en vano siempre ha presumido de su ya ajado blasón de "puerta y puerto". El Archivo de Indias, la Virgen de los Navegantes, la Escuela de Estudios Hispano-Americanos, el propio Departamento de Historia de América, el esplendor barroco, el Ombú de la Cartuja, incluso la Expo 92 ya no podrán ser, según esa versión negra de nuestro pasado, motivos de orgullo para la ciudad, sino el resultado de un gran holocausto que no tiene redención posible, de una gran orgía criminal por la que tenemos que arrodillarnos y pedir perdón. Sevilla, a partir de ahora, habrá de ser considerada como capital del genocidio indígena.

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