Un día en la vida

Manuel Barea

mbarea@diariodesevilla.es

Cuando Sevilla es roja

La ciudad es roja sólo en el mapa del tiempo. Y el calor es una insignificancia ortodoxa muy hispalense

Sevilla es roja. Lo vi en el telediario de las tres de la tarde de ayer. A los de Vox debió darles un soponcio. Tranquilos, ultras, que era el del tiempo. Enseguida saltáis y os ponéis histéricos con el Twitter. A ver si os va a dar un golpe de calor, que con el que traéis de fábrica ya es suficiente. Seguro que el partido de Abascal presentará en cuanto pueda una iniciativa en algún Parlamento para que el aumento de temperaturas no se indique en los mapas de ¡España! con el rojo. Están convencidos de que esa mierda del cambio climático es otro invento del Frente Popular. Ya podían invitar a su amado Pelopaja, el de la corbata bermeja -lo siento-, ahora por el Reino Unido, a que se acerque por estos lares con esta calufa. O en pleno julio. Igual se le forma en esa molondra de pelambre amarilla una quema de rastrojos.

Aquí, algunos de nosotros -aunque convencidos de que cambio climático, haberlo haylo- hace ya tiempo que decidimos tomarnos esto del calor como una insignificancia ortodoxa sevillana. Muy hispalense. Otra más. Como esas procesiones de juguete que estos días se reproducen por toda la ciudad como esporas y a las que espero a que pasen para ver si son perseguidas por la gentuza de malnacidos antiespañoles que, según Vox, quieren acabar con ellas. Pero no aparecen, sólo veo a guiris semicongestionados haciendo fotos con el móvil al cortejo formado mayormente por niños protojartibles.

Entonces no: entonces Sevilla no es roja. Lo es sólo en el mapa de El Tiempo. Y desde luego no me vengan con la victoria de Juan Espadas (acotación: socialista). El alcalde electo tira a incoloro. Lo que lo hace tan asequible. Y así otros cuatro años en la Plaza Nueva, donde por cierto estaba yo el otro día con mis colegas Juan y Samuel tomándome un botellín de ese refresco que es la cerveza autóctona, tan benigna, tan compatible y apropiada en estos días de máximas de tueste y por lo tanto ideal para la hidratación que nos recomiendan, cuando nos entró un turista español a preguntarnos -sólo para reafirmarse, por disipar dudas sobre lo que estaba sintiendo/padeciendo- si no hacía mucho calor. "¿Calor?", le respondí. "Vuelve en julio", fue mi reto. Pero no me oyó. Volvió al bar a pedir más hidratación. Los de fuera sufren una ola de calor inmisericorde donde los nativos percibimos una subida de temperatura más. El mapa rojo no nos sorprende. Sevilla es roja. Es de ese color. Pero sólo meteorológicamente hablando. No es ninguna metáfora y no hay que hacer una lectura más allá de la que tiene: que hace un calor de pelotas. Es materia informativa. Sólo eso. Otra más, como el alcalde rojo y las blancas procesiones de juguete.

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