SOBRE la lápida descansa un epitafio: "Dios hará justicia con los que te hicieron daño". Y bajo ella, descansa en la tumba, su autora, Soledad Hernández Rodríguez. Una señora cuyo rostro maduro detuvo su envejecimiento a los setenta y ocho años. Todos los ojos de quienes han conocido su esquela miran ahora la piedra intentando taladrarla para poder dejar de imaginar cómo era el rostro de Soledad. ¿Acaso sus arrugas labradas durante setenta y ocho años se formaron ascendentes por las secuencias de una vida gratificada? ¿O quizá, eran de tal hondura que guardaba en ellas la biografía desgraciada de una vejez amargada por los abandonos?

Soledad descansa en paz aunque su vida, ahora, se haya descubierto que fuera un tormento. Sonríe levemente, Soledad, en su lecho eterno al abrigo de los satenes blancos del ataúd que la cobija mientras permanece con la mirada cerrada y ya inquebrantable por cualesquiera de las nuevas noticias que se produjeran en el exterior. Sonríe porque sabe que hoy sus hermanos e hijos se asoman al cementerio para increparle una explicación ante semejante vergüenza popular. Mientras se revuelven los demonios entre las barrigas de los agraviados, Soledad duerme abrazada por sus manos laboriosas que durante tantos años remendaron, amaron o recriminaron a quienes ahora buscan respuestas a su leyenda.

Ahí está su cuerpo sosegado disfrutando plácidamente de la tranquilidad por haber dejado sobre la tierra las cosas bien hechas por una madre que sigue educando a sus maduros hijos. Maduros sólo de edad, si son ciertas sus últimas palabras. Dicen los forenses que los cadáveres hablan más que los vivos. Soledad con pocas líneas ha dicho lo que calló durante mucho tiempo de su vida. Si ahora perdona a los familiares por haberla abandonado cuando más los necesitó durante su larga y penosa enfermedad durante la que no recibió, según dicta, el más absoluto gesto de cariño, ellos han de sentir la pena por el arrepentimiento y la orientación de atender a los mayores tanto como a los bebés y niños. Ancianos que aprenden a caminar pero con todos los dolores. Mayores que aprenden a comer pero con todas las indigestiones. Mayores que se enfrentan a dormir en medio de noches sin el consuelo del cálido abrazo que calme el terror por el insomnio. Soledad se llamaba y en soledad murió. Decía un cuento que en un cementerio sólo había lápidas blancas con los nombres de los fallecidos y un número a su lado. Por las cifras tan bajas, el visitante, pensó que en aquel pueblo solo morían niños. Los habitantes inscribían al morir las horas de felicidad que habían disfrutado durante su vida. Soledad no ha dejado una cifra pero la idea de renovar los epitafios nos ayuda a reflexionar sobre nuestros comportamientos. Amén.

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