La tribuna

Francisco J. Ferraro

Sólo hay salida al exterior

UNA economía como la andaluza, que después de cinco años de crisis sigue gastando muy por encima de su renta y que tiene un elevado endeudamiento, no puede esperar que la recuperación provenga de la demanda regional por muchos planes de estímulo que podamos imaginar. Según la Contabilidad Regional del Instituto de Estadística y Cartografía de Andalucía, en el año 2012 la demanda interna (la suma del consumo y la inversión) superó al Producto Interior Bruto de la región en un 9,26%, generando un déficit de 13.484 millones de euros. La existencia de déficit con el resto del mundo es una constante andaluza desde que disponemos de información estadística.

Tradicionalmente este déficit ha sido cubierto por transferencias europeas y del resto de España a través de los mecanismos redistributivos del Estado. En el año 1997 la necesidad de financiación externa fue del 8,3% del PIB, pero fue aumentando en los sucesivos años de la etapa de expansión hasta alcanzar en 2007 el 16,8% del PIB. En estos años las transferencias externas no fueron suficientes para financiar el déficit, por lo que hubo de recurrirse a un creciente endeudamiento para hacer frente tanto al aumento de la inversión (básicamente inmobiliaria) como al desaforado aumento del consumo. Como es bien sabido, la crisis puso fin abruptamente a este modelo de crecimiento soportado por la demanda interna, el endeudamiento y el boom inmobiliario, pues desde su inicio se cortó el flujo crediticio y se hubo de hacer frente al servicio de la deuda.

El proceso en España ha sido semejante, con un aumento progresivo del déficit por cuenta corriente hasta alcanzar el 10% del PIB en 2007. Pero el ajuste viene siendo muy intenso desde entonces habiéndose logrado recientemente el equilibrio externo. Por el contrario, el déficit externo de Andalucía, aunque se ha reducido en los últimos años, sigue siendo muy elevado. Por ello, porque la economía andaluza tendrá que seguir reduciendo su demanda interna (en el pasado año se redujo un 3,9%) acercándola a su nivel de renta, la producción regional y, en consecuencia, el empleo, sólo podrán recuperarse por el aumento de la actividad externa. Esto es, por un aumento de las exportaciones de bienes y servicios y por la generación de rentas de nuestros factores de producción (capital y trabajo) en el exterior, pues es poco probable que aumenten las transferencias europeas y del resto de España.

Desde el año 2010 las exportaciones andaluzas de bienes y servicios están aumentando significativamente, mientras que las importaciones lo hacen con menor intensidad, pero el desequilibrio sigue siendo muy elevado por la dependencia de importaciones difícilmente sustituibles (energía, bienes de equipo, servicios avanzados y la mayor parte de los bienes de uso duradero). Por ello, la reducción del déficit exterior y el estímulo al crecimiento de la economía andaluza han de venir por el aumento de las exportaciones (y, a medio plazo, por la internacionalización de las empresas andaluzas), lo que exige aumentar la competitividad de nuestro tejido productivo.

El aumento de la competitividad puede producirse por la reducción de los precios o por cambios estructurales. La competitividad-precio se está produciendo por la inevitable devaluación interna que está reduciendo de forma significativa los costes laborales unitarios, pero a medio plazo no parece razonable que apostemos por una mejora de la competitividad-precio deprimiendo sistemáticamente los salarios, por lo que la mejora de la competitividad tendrá que apoyarse necesariamente en la exportación de bienes y servicios de mayor valor añadido y en la generación de rentas en el exterior de factores de producción andaluces, lo que exige cualificación de los recursos humanos e innovación. Pero difícilmente se intensificará la internacionalización de la economía andaluza sobre la base de un tejido empresarial caracterizado por empresas de muy reducida dimensión (el 92% tienen menos de 6 empleados y sólo el 6,8% superan los 50), que carecen de capacidades financiera, tecnológica, comercial, etcétera.

En consecuencia, frente al monocorde discurso políticamente correcto de la defensa de las pymes, es necesario llamar la atención sobre la necesidad de aumentar significativamente el número de grandes y medianas empresas en Andalucía, para lo que es conveniente vencer la resistencias que dificultan los procesos de concentración empresarial, tanto en el ámbito privado como en el de los estímulos públicos. Esto no debe significar ninguna discriminación contra las pymes, que constituyen (y constituirán) el mayor soporte del empleo, y que en múltiples actividades son las formas más adecuadas y flexibles de producción, pero si se creasen un centenar de grandes empresas en Andalucía, que se abran al exterior, que innoven y que generen capacidad tractor la sobre el sistema productivo regional podríamos encarar el futuro con bastante más optimismo.

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