La revuelta por la democracia El análisis (y II)

Jerónimo Páez

Sombras y esperanzas

La valentía y el arrojo que están demostrando muchos ciudadanos en algunos países musulmanes está produciendo una corriente de simpatía y apoyo, de forma que son numerosos quienes piensan en Occidente que la reacción de nuestros gobernantes es tardía y tibia. Quizás Naciones Unidas tenía que haberse involucrado de forma más efectiva y en el caso de Libia haber intervenido para evitar la matanza desencadenada por Gadafi y sus esbirros.

Pero puede también que los dirigentes de las grandes potencias, aunque su corazón esté con los que se han rebelado, anden en exceso preocupados, sin saber hacia dónde se dirigen estos países; en concreto preguntándose si al final nos resultarán más rentables las dictaduras árabes que las democracias. Poca preocupación supone Túnez, cuya evolución no comporta demasiados riesgos, y es el país más avanzado de cuantos se encuentran hoy en plena vorágine. Pero otro cantar es lo que está sucediendo en Barhein, Omán y, sobre todo, la posibilidad de que estas turbulencias desestabilicen al resto de los países del Golfo, en especial a Arabia Saudí. Egipto, sin duda, les aporta mayores quebraderos de cabeza, toda vez que es la nación árabe más importante e influyente y garante de la política norteamericana-israelí en la región.

Salir de la crisis económica occidental depende, en gran medida, del precio del petróleo. Cambios incontrolables en los grandes productores pueden hacer saltar todas las alarmas. El fantasma de Irán debe planear sobre los poderes fácticos. Cuestión fundamental es saber si están dispuestos a aceptar un sistema democrático los Hermanos Musulmanes de Egipto, movimiento que inspiró la mayor parte de los grupos fundamentalistas que se extendieron por el mundo islámico tras el hundimiento del panarabismo. El establecimiento de una democracia en Egipto difícilmente puede contar con el apoyo y la simpatía de las monarquías de la Península Arábiga, toda vez que constituye una seria amenaza a sus obsoletos sistemas de gobierno. Todavía menos puede agradar al Estado de Israel. Ningún gobierno democrático egipcio será tan condescendiente con este país como lo ha sido el régimen de Mubarak. Sin su apoyo, difícilmente los israelíes podrían haber mantenido el bloqueo de Gaza.

Nasser, que hizo de la defensa del pueblo palestino uno de los pilares de los fundamentos de su política, terminó perdiendo la guerra de 1967 con Israel, lo que hundió su imagen y liderazgo en el mundo árabe. A Sadat renunciar al panarabismo y hacer la paz con Israel le costó la vida y Mubarak convirtió el país en un protectorado norteamericano-israelí para seguir gobernando. De ahí que Israel presente en esta crisis un perfil de lo más bajo. No obstante, debe estar moviéndose activamente a nivel de servicios de inteligencia y pactos secretos con el apoyo norteamericano. Resulta sorprendente que los militares egipcios se hayan apresurado a afirmar que la caída de Mubarak no supondrá cambios en las alianzas estratégicas existentes. El derrocamiento del Faraón se parece más a un golpe de Estado militar que a una verdadera revolución. El Ejército egipcio era y sigue siendo la espina dorsal del sistema. Jean Daniel, director de Le Nouvel Observateur, en unos de sus editoriales ha escrito que Estados Unidos ha presionado al Ejército egipcio para que trate de negociar con los Hermanos Musulmanes con la finalidad de saber hasta qué punto están dispuestos a aceptar un sistema democrático. Es muy posible que el modelo islamista turco sea una de las grandes apuestas norteamericanas para este país. Los estrategas americanos, que no estuvieron muy acertados cuando la guerra de Iraq, algo han debido de aprender y esta posibilidad se les debe antojar como la menos mala de las posibles, aunque en el fondo Egipto poco tenga que ver Turquía.

Como quiera también que alguna mala conciencia existe en Occidente por haber apoyado estos regímenes represivos y por las numerosas y nefastas intervenciones en Oriente, son numerosos ahora los analistas occidentales que tras navegar durante años en las procelosas aguas de la islamofobia y los estereotipos negativos sobre mundo árabe, se han pasado al campo contrario y no ven sino virtudes y grandezas donde antes sólo veían vicio y bajezas. Así, cronistas de la importancia de Thomas Friedman, del New York Times, que no dudó en apoyar la invasión de Iraq por Bush hijo; los llamados nuevos -hoy día viejos- filósofos franceses que tampoco vacilan en justificar las represiones israelíes al pueblo palestino, y una serie de analistas, eso sí bastante más progresistas, afirman que todas estas rebeliones prueban que no existe la yihad, que Huntington se había equivocado al hablar de un posible "choque de civilizaciones" y que en todas estas sociedades, como nos descuidemos, sólo hay demócratas en el más amplio sentido de la palabra.

Las sociedades no cambian de un día para otro. Existen también Pakistán, los talibanes, Al Qaeda, Sudán y muchas actitudes, mentalidades y grupos que pueden ser poderosas rémoras para avanzar hacia la democracia. Y es que en estos países, a caballo entre la tradición y la modernidad desde hace mucho tiempo, siempre ha habido demócratas que han luchado y luchan denodadamente -y han pagado con frecuencia un alto precio- por conseguir una sociedad abierta y laica; pero hay poderosos sectores reaccionarios que consideran que el "islam es la solución", que debe regir no sólo la vida espiritual sino la temporal y quienes quieren implantar el Estado islámico y la sharia. A este respecto, Suad Amiry, arquitecta palestina, luchadora por los derechos de su pueblo, cuenta en uno de sus libros, No hay sexo en Ramala, su preocupación por la victoria de Hamas en Gaza: "El muro israelí de separación ha hecho unas linternas de nosotras y Hamas ha apagado la última luz. Durante cinco días he permanecido encerrada llorando por la victoria de Hamas o, para ser más precisa, llorando por mí/nuestra personal derrota política y social. Lloraba la pérdida de mi modo personal de estar en el mundo, de la sociedad en la que quería vivir, de la frágil esperanza de una Palestina libre, del contacto con mis diferentes culturas, árabe y mediterránea y, sobre todo, de lo que mi madre, mi padre y mi familia, mis amigos, mi generación y muchas otras habían encarnado: el laicismo y el pluralismo que ahora empezaba a ser sustituido democráticamente por el fundamentalismo religioso y global y el nacionalismo local".

No fueron buenos tiempos para los demócratas árabes estos últimos años. Los regímenes autoritarios musulmanes actuaron con frecuencia de forma implacable con los islamistas o los movimientos fundamentalistas, pero éstos no les han ido a la zaga. Los demócratas han sido reprimidos doblemente por sectores integristas y reaccionarios y también por los propios gobiernos. Numerosos son los intelectuales y progresistas árabes que han tenido que emigrar de sus países y vivir en Occidente ante la amenaza para sus vidas y sus creencias.

No es momento de echar las campanas al vuelo. Quizás lo sea de pensar que estas fuertes corrientes de aire libre, aunque todavía no sepamos dónde conducen, tarde o temprano terminaran por imponer sistemas de gobierno democráticos. Es también momento de pensar que una sociedad civil, que nunca ha existido en el mundo árabe, está surgiendo y ha nacido decidida a consolidarse. Puede que llegue a ser la clase revolucionaria que cambie el mundo árabe. También ha llegado el momento de ver si nosotros, los occidentales, somos capaces de ir más allá de las meras declaraciones de solidaridad y realizar toda una serie de actuaciones que apuntalen los cambios prometedores que se avecinan.

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