¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Tabaco

Sevilla fue ciudad importante para el tabaco, primero para su aclimatación y después para su manufactura

En un momento de la entrevista, Miguel Delibes, que parece recién llegado del monte de cazar perdices y conejos, saca de su cazadora de ante la petaca y el librillo. Joaquín Soler, perro viejo del oficio, llama la atención del espectador: "Vamos a asistir ahora, inesperadamente, a uno de los ritos de Delibes, que es el de liar un cigarrillo como en los tiempos antiguos". En aquellos años setenta la liturgia de construir artesanalmente un pitillo era algo que había quedado relegado a los viejos del campo, los legionarios y los hippies, estos dos últimos nichos más por su afición al hachís que a la nicotina. Sin embargo, hoy nadie se extrañaría de la escena y la expectación del maestro Soler resultaría impostada. Al igual que en los años mozos de Delibes, el precio de la cajetilla de tabaco es tan elevado que los fumadores que no cotizan en el Ibex 35 tienen que recurrir al hágalo usted mismo para impedir que el vicio les arruine.

Marx se equivocó al usar el opio en su famosa metáfora sobre la religión. Las dos verdaderas drogas que sirvieron para anestesiar a las masas durante los siglos XIX y XX fueron el alcohol y el tabaco. El opio fue más bien un narcótico elitista y colonial, que nunca llegó a ser un verdadero problema social en Europa como la heroína -el maldito caballo de los Chunguitos- durante los mismos años que Soler y Delibes mantenían su conversación. Del curioso y muy poco leído libro del general Mola sobre su participación en la Guerra de África, Dar Akobba, me quedé con la imagen de los pilotos españoles jugándose la vida para surtir de tabaco a las posiciones sitiadas por los rifeños. La guerra de trincheras no se entiende sin el consumo masivo de cigarrillos, como se vio en los campos de Flandes durante el conflicto que inauguró el siglo XX. Como dice el refrán, "el que espera, desespera", más si la posible visita es la muerte vestida de granadero. Pero fue el cine y sus galanes quienes envolvieron al cigarrillo de glamour, al igual que el caricaturismo social y político demonizó al puro.

Sevilla fue ciudad decisiva para el tabaco. Primero, como plaza de aclimatación en el siglo XVI y, luego, en el XVIII, como centro manufacturero gracias a su Real Fábrica, una de las catedrales de la arquitectura fabril barroca. Sobre la importancia de las cigarreras, convertidas en mito -primero sexual y luego feminista-, no diremos nada nuevo, pero sí que merecen una mayor atención que la puramente romántica y folclórica, como la que le ha prestado Lina Gálvez. Algunos no comprenden el olvido. El profesor Julián Sobrino le dijo el otro día a Félix Machuca que "es increíble que la Universidad de Sevilla no haya desarrollado su museo del tabaco". Probablemente porque la nicotina ya no es políticamente correcta. Para muchos sería como hacer un museo del enfisema.

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