Cambio de sentido

Tirar de lata

Lo que antaño era inconcebible –no pensar en comer caliente a diario- ahora lo es. Perdimos el hábito y la salud

No es del todo buena señal que me sorprenda el hecho de que mi abuela, a lo largo de su vida y mientras ha podido valerse por sí misma, haya cocinado a diario. Desde los años del hambre a estos últimos en que falta mi abuelo, ella guisa aunque sea para sí, cualquier cosa –una sopa de tomate, un gazpachuelo– pero se guisa. Lo pienso cuando tiro de lata tantas veces, o trinco lo primero que veo en el frigo; lo pienso mientras suenan en la noche los porterillos de los bloques, y cruzan el patinillo serpas de grandes mochilas cargadas de comida (el bosque ya no es lo que era sin Caperucita y su cesta); lo pienso al escuchar que ha muerto Morgan Spurlock, el autor del documental Super size me (2004) para el que comió en el McDonald’s cada día durante un mes y con el que abrió el debate sobre los problemas de alimentación y el abuso de comida rápida. De primeras, atribuyo la tendencia actual a comer a salto de mata lo que sea sin elaborar, o en la calle, o ultraprocesados, a nuestra falta de tiempo, ganas y disponibilidad. A continuación, supongo que, para mi abuela, la Guerra cuando era niña o ahora la artrosis tampoco son las mejores condiciones para ponerse a pelar y hervir alimentos. Por último, infiero que lo que ha sucedido es un trascendental cambio de hábito. Lo que hasta hace un par de generaciones era inconcebible –no pensar en comer caliente a diario, aunque fuesen verdolagas hervidas– ahora lo es. Por el camino hemos perdido no solo un hábito, también salud. El ingreso de las mujeres al mercado laboral, después de tantos años de promoción de la pata quebrada, no fue sustituida por un reparto equitativo de las labores domésticas, entre las que se encuentran hacer la comida, sino por una mole de croquetas de bolsa o, en su versión más healthy, un mendrugo de seitán dando vueltas en el micro. Mientras, por la tele, contemplamos a apresurados aprendices de chef de domingo salteando comistrajos.

A los pobres se les distingue a simple vista por el número de lorzas que acumulan, en escala inversa a la de antaño. El sobrepeso y sus complicaciones son cosa de tiesos. Lo que nos tratan de vender como sano –eco, sin conservantes, colorantes ni azúcares añadidos…- no está al alcance de cualquiera. Conviene sortear en lo posible el engaño: no hay cosa más rica que los platos que siempre han recibido el apelativo de “a lo pobre”. Reconquistar el hábito de hacerse uno a sí mismo y a diario la comida es un acto de resistencia, casi se diría que antisistema.

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