Cambio de sentido

Desconectar

Decimos "me he quedado sin batería" en vez de "mi móvil se ha quedado sin batería". Preocupante matiz

Antesde este tiempo y de esta asepsia, en la que desandamos lo andado porque nos hemos dejado atrás la mascarilla, lo que me solía olvidar en casa era el móvil. Al principio -en los tiempos del "Hola, soy Edu, feliz Navidad"- volvía a por él con tal de aliviar a la familia, que pronto aprendió a volcar sus temores en aquel cacharrito. Llevar el móvil -y los calcetines sin boquetes- era imprescindible. Por lo que pudiera pasar. Esa sensación de seguridad se contagia: cuando me olvidaba el móvil, me sentía como un indio sin flechas ni arco. Hay quien dice que el Tamagotchi sirvió de experiencia para tantear nuestra disposición a estar pendientes de un dispositivo que nos reclama. La convergencia tecnológica en los actuales móviles es tal que en ellos depositamos los datos de nuestra identidad, hacemos pagos, facilitamos preferencias, aceptamos que nos geolocalicen, publicamos contenidos en una suerte de extimidad. A través de ellos se construyen egos, por lo general ficcionales. Narciso se vuelve a enamorar de su reflejo tamizado por filtros. Trabajamos para Zuckerberg de gratis, generamos los contenidos que procesa. Cada cual obtiene de ello una gratificación. No lo enjuicio, mientras seamos conscientes de la hondura del asunto. Hace mucho que solemos decir "me he quedado sin batería" en vez de "mi teléfono se ha quedado sin batería". Es importante el matiz: ya somos nosotros -y nuestra relación con los verbos ser, tener, estar y sobre todo parecer- y no sólo el cacharro quienes nos quedamos sin batería. Los zombis del cargador deambulan por los aeropuertos. No negaré las bondades de la máquina, únicamente quiero ser consciente de las servidumbres a las que nos conmina. Valga de ejemplo la exigencia de respuesta inmediata a la que incita Whatsapp. No acepto esa lógica, y la consecuencia es que a menudo desespero a quienes aguardan a que lea y responda como el rayo a su "Holi k ase". ¿En qué momento, además de aceptar las cookies, rechacé la parsimonia?

Digo todo esto porque estoy sola en la casilla del monte, sin más compaña que la perrita, y me he olvidado el cargador. Sin enchufe, ni wifi, ni datos. Sin la ciénaga tuitera, ni grupos, ni vídeos virales, ni rastro del virus, ni la crispación dosificada. Estrictamente aquí. Con las chicharras, el cachucheo, las uvas, el riego. Pasamos 75 horas a la semana mirando la pantalla. Esto provoca un cambio de orden gnoseológico y antropológico. No siempre para bueno.

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