Opinión

Rafael González Graciani

La Valla del Capitolio no aguantó más

Donald Trump, en una ilustración de Pawel Kuczynski.

Donald Trump, en una ilustración de Pawel Kuczynski. / Pawel Kuczynski

Aún recuerdo esa inequívoca sensación que tuve al poner pie por primera vez en Oakland, California para proseguir mis estudios universitarios en los Estados Unidos. Una mezcla de miedo y esperanza recorrió cada parte de mi ser cuando finalmente toque suelo norteamericano.Esperanza por ser parte, de cómo ha reiterado el Presidente electo Joe Biden en sendas ocasiones; de una idea. Una idea de inclusión, de igualdad de oportunidades, de tolerancia, de diversidad. Una idea de libertad de expresión, de religión y de prensa. Una idea demostrada y contrastada a lo largo de los años en los que democracias occidentales como la nuestra se fijaron para constituir los principios rectores que dirigirían el quehacer de sus ciudadanos.Sin embargo, tan solo me valió un mes para darme cuenta de que esa nación que teníamos como referencia se había convertido en un pueblo hostil, excluyente y egocéntrico tristemente irreconocible. Serían las siete de la tarde cuando la autora conservadora afín a Trump, Ann Coulter volvía a mi nueva universidad, la universidad liberal por excelencia de los Estados Unidos, para presentar su nuevo libro Adiós América: El plan de la izquierda para hacer de nuestro país un infierno tercermundista. Allí estaba yo, con una muy buena amiga de Burgos llamada Elena, viendo cómo se empezaba a formar un corro de personas con rostro tapado, ropajes negros y pancartas de enormes dimensiones. El número de ellos crecía exponencialmente como si de una bulla de Semana Santa un Domingo de Ramos en el Salvador se tratara.

A nuestras espaldas y con la noche cerrada se empezaban a colocar los agentes de la policía de la Universidad de California en sus posiciones, vestidos con cascos, escudos, porras y pistolas eléctricas asomando discreta pero aparentemente en el muslo. Miré a mi buena amiga española y lo más sensato hubiera sido volvernos a casa.

Minutos después, empezaron a llegar los primeros asistentes al acto y se formó en menos de un minuto una verdadera muralla humana que boicoteaba e impedía el paso a los asistentes conservadores. Entre empujones, gritos, escupitajos e incluso algún arrojamiento, aquellos tapados con bandanas se enfrentaban a golpe de pancartas a aquellos vestidos de gala. Sin darme cuenta y por no resistirme, ya era parte de una verdadera jungla humana a la que iluminaban los agentes policiales con luces, algunas provenían de linternas de mano, otras directamente desde los fusiles antidisturbios en posición.

En ese momento recuerdo que varios manifestantes me empezaron a gritar e increpar directamente: Don’t let her in! (¡No le dejes pasar!). Malditas casualidades del destino que justo donde estaba yo se estaba intentando colar un asistente conservador al evento. Temí lo peor, y me intenté difuminar entre la tribu para que no me tocará tan difícil decisión. ¿Quién era yo para prohibir que alguien entrara a escuchar una ponencia en un acto, independientemente de la ideología de la ponente? ¿A este punto habíamos llegado en la que supuestamente era la mejor universidad pública del mundo?En ese momento, vi que la persona que intentaba entrar era una chica jovencísima, tendría unos 20 años, verdaderamente asustada y pálida como la nieve. Un hombre detrás de mí de unos 40 años le dijo que era de la organización y que le diera la entrada para que le ayudara a pasar. La chica no dudo y se la pasó por encima de mí. El hombre detrás de mí no era de la organización, sino otro antifa que le había quitado la entrada a la “chiquilla” entre lágrimas de miedo ante las risas de los manifestantes y una verdadera descomposición que invadía mi confusa alma.

Desde hace ya varios años una imagen de Martin Luther King a los pies del Capitolio, ayer asaltado, por cierto, descansa a los pies de mi cama junto a su famoso discurso sobrepuesto. Antes de irme a Estados Unidos me percaté de una frase que desde entonces se quedó en mi memoria: “No saciemos nuestra sed de libertad tomando de la copa de la amargura y el odio. Una y otra vez debemos elevarnos a las majestuosas alturas de la resistencia a la fuerza física con la fuerza del alma”.

Ya decía en mi Oda al Encierro de marzo de 2020 que tristemente percibo como desde que tengo cierto uso de la razón, la sociedad y mi generación viene confundiendo tres principios morales que jamás se deberían de confundir: la libertad con el libertinaje, la felicidad con el placer y la responsabilidad moral con el mero consecuencialismo exacerbado y maquiavélico de Bentham y Comte.

El himno de esta es mi verdad suena ahora más fuerte que nunca en la casa de la democracia occidental por antonomasia donde se han llegado a sentar fanáticos vestidos de neandertales mientras los elegidos del pueblo cubren sus cabezas con sus manos escondidos bajo sus escaños de caoba.Y ahora que vuelvo a mi hogar España, decir que en Estados Unidos no está tan lejos de nuestro país. Como tampoco lo está el principal enemigo de mi generación, de mi país, y de mi persona. Aquel que me pudo jugar una muy mala pasada por no anticiparme y ser víctima de la tribu que me engulló aquella tarde de invierno en esa plaza bipolar donde el miedo, sobre todo, era el verdadero rey.

Ni los unos, ni los otros eran los buenos ni los malos. Cuando me encontré de repente entre la espada y la pared eran exactamente lo mismo. Hoy la democracia está en jaque, no solo en Estados Unidos sino a la vuelta de la esquina.

Y con ello la convivencia, la concordia, la tolerancia y el estado de derecho que pactamos tras dos guerras que estuvieron a punto de extinguir la naturaleza de nuestro ser. Que bien vendría recordar tres cosas. En primer lugar, el estado de naturaleza de Thomas Hobbes y darnos cuenta de que, si no anulamos nuestros instintos seremos presos de nuestra profunda naturaleza biológica como en parte ahora mismo lo es la sociedad norteamericana y está cerquísima de serlo también España. Al fin y al cabo, he vivido y estudiado en ambos países y las diferencias de polarización y políticas excluyentes no son para nada abismales.

También saber que las invasiones a corazones de la democracia ya no ocurren solo en países tercermundistas, y queda acreditado que son la construcción social más frágil hoy día.Finalmente, darnos cuenta de que ese sillón del Senado ya estaba invadido desde hace muchos años por los fantasmas del pasado, y que el asalto del Capitolio no fue algo espontáneo, sino algo provocado por la confluencia de muchísimos factores sociopolíticos interconectados de una manera más que premeditada y desde hace varios años por gente con intenciones muy claras aprovechándose del Doble Movimiento de Karl Polanyi y las técnicas de producción del espacio (veáse el mito de la construcción del muro) de Escobar, Lefebvre y Massey. Dejemos de jugar con el fuego de la democracia, de seguir echando leña al populismo, y aliémonos todos contra los polos ya sean rojos o azules, pues lo mismo son en todo matiz que se aprecie.

Hoy el Capitolio dormirá entre llamas, gritos y con una semilla bien sembrada en el corazón de la democracia moderna. Lo de ayer para nada fue el fin, sino el principio y la consagración de algo que se venía fraguando. Depende de cada uno de nosotros, resistirnos ante la seductora semilla del miedo, el rencor, y la polarización y plantarle cara con el ejemplo de la concordia y la tolerancia de nuestros padres, abuelos y demás antecesores y, sobre todo, levantar una valla de contingencia que jamás debió de ceder ayer y que cerca está de hacerlo en nuestro país.

Rafael L. González Graciani es un asistente de investigación del Centro de Políticas de Desarrollo de la Universidad de California, Berkeley y estudiante de la Universidad Carlos III de Madrid cursando un Doble Grado en Derecho y Estudios Internacionales. Presidente desde 2018 al 2019 del Comité Nacional de España del Parlamento Europeo de los Jóvenes.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios