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la tribuna

Juan Antonio Estrada

El Vaticano II, cincuenta años después

EL 11 de octubre de 1962 comenzó el Concilio Vaticano II, sin duda el acontecimiento de más importancia en el siglo XX para una religión mundial, el cristianismo católico. Fue un concilio inesperado, que desde el primer momento encontró el rechazo de un sector de la Iglesia. Todavía hoy sigue siendo impugnado por una minoría y visto con recelo por un grupo mucho más amplio, que no se atreve a rechazarlo de forma abierta, pero sí a reducir su importancia y a minusvalorar su influencia. Todos los eventos importantes que cambian el curso de la historia tienen detractores, junto a los seguidores. Por parte del pueblo católico fue recibido con sorpresa, acogido con esperanza y seguido con entusiamo, como le ocurrió al papa Juan XXIII.

Entre sus innovaciones hay que resaltar las de mayor influencia: la reforma de la liturgia y los sacramentos, haciéndolos cercanos y comprensibles a la gente; una nueva comprensión de la palabra de Dios, que llevó al redescubrimiento de la Biblia; el replanteamiento de la Iglesia como comunidad y como pueblo de Dios; un nuevo enfoque del papado y los obispos, el de la colegialidad y la eclesiología de comunión; la potenciación de los seglares y del sacramento del bautismo, que obligaba a una reforma de la Iglesia como institución, de los sacerdotes ministros y de la vida religiosa; el giro ecuménico y una nueva vinculación con las otras confesiones cristianas; el decreto de libertad religiosa, con consecuencias políticas y sociales; el diálogo con las otras religiones y una apertura positiva, dialogante y de colaboración con las corrientes seculares, las ideologías y los movimientos políticos. Se buscó una nueva ubicación de la iglesia en el mundo y una mayor atención a los problemas sociales y económicos.

Pero el Concilio tuvo también sus limitaciones y elementos negativos. La necesaria y permanente reforma de la Iglesia (UR 6) desembocó en una polarización interna entre conservadores y progresistas. La minoría conciliar, que no pudo imponerse en el Concilio, sí lo hizo después, generando la involución respecto de las dinámicas del Vaticano II. Se tradujo en más centralismo y un aumento del poder de la Curia romana, a pesar de las exigencias conciliares sobre su reforma. El Colegio cardenalicio se internacionalizó pero no se logró que hubiera estructuras conciliares ni episcopales que llevaran a una concepción colegial del papado. Aumentó el control sobre los teólogos con nuevas propuestas acerca de doctrinas obligatorias y no reformables, a pesar de que no se habían definido como dogmas, ya que el Vaticano II no quiso promulgar ninguno. Se generó una crisis sacerdotal y de los ministros, que tenían que ubicarse entre un laicado renovado y un episcopado potenciado.

Los intentos de dar más participación a los laicos quedaron también muy limitados y se fomentaron los movimientos laicales de una teología tradicional. Aumentó la desconfianza de los obispos y la curia romana respecto de las congregaciones de religiosos, que estaban exentos y tenían una mayor dimensión universal sobre los límites de las diócesis. Hubo una gran resistencia respecto de teología comprometidas social, económica y políticamente, como la teología de la liberación. Hubo también problemas que no se pudieron discutir en el Concilio, por decisión papal, y que han seguido lastrando a la Iglesia en el posconcilio: el debate sobre los métodos anticonceptivos; sobre el celibato obligatorio de los sacerdotes; sobre el papel de la mujer en la Iglesia y su acceso a los ministerios; sobre la homosexualidad; sobre la integración sacramental de los divorciados en la vida de la Iglesia, sobre las finanzas vaticanas, etc.

Actualmente, el Concilio es, en buena parte, desconocido para los que tienen menos de cincuenta años, e ignorado por muchos que lo celebraron en sus inicios. ¿Ha sido el Vaticano II una oportunidad perdida para la Iglesia? ¿Es la crisis actual del catolicismo una consecuencia de la involución posconciliar? ¿O es válida la teoría opuesta de que la crisis vigente está causada por el Vaticano II, aunque los que han gobernado la Iglesia en los últimos decenios han sido mayoritariamente conservadores y poco afectos a las corrientes más abiertas del Concilio?

En cualquier caso, el Vaticano II sigue siendo un Concilio incompleto en su aplicación y con una herencia teológica no realizada. El futuro dependerá de si logra implantarse definitivamente o si se impone el relegarlo al olvido y marginar el nuevo impulso que pretendió dar al cristianismo.

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