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Venecia y Sevilla

La población de Venecia se ha reducido a la quinta parte y vive del turismo. Sevilla va camino de ello

Los que no la conocen bien, creen que Sevilla es una ciudad en la que la traición y la daga florentina están a la orden del día. No es así. Sevilla no se parece a Florencia, sino a Venecia. Dar un abrazo y aprovechar para clavar una daga en la espalda es demasiado burdo para una ciudad milenaria como la nuestra. El sevillano actúa como el veneciano. En la serenísima te invitaban a cenar, te agasajaban y te envenenaban. El veneno es mucho más sutil que la daga. Llegados los postres, el invitado comenzaba a sentirse mal, se llamaba al médico y éste, sin más, certificaba su defunción. El cadáver podría tener un tono azul verdoso a consecuencia de la ponzoña, pero nadie se complicaba la vida. Al día siguiente, tras el preceptivo funeral, la góndola mortuoria partía en dirección al cementerio de la isla de San Michele y aquí no ha pasado nada.

Sevilla, al igual que Venecia, sufría las inclemencias del agua. Aquí las riadas se repetían regularmente y allí son las subidas de nivel de la laguna las que siguen inundando las plazas y plantas bajas de las casas venecianas. Los venecianos conviven con el agua alta con total normalidad. Su vida no se altera. Calzan botas altas de goma y se sientan a tomar café en la plaza de San Marcos. Extienden plataformas de madera y se desplazan sobre el agua de un lado a otro de la ciudad. Conviven con las inundaciones de la misma forma que los sevillanos, a falta ya afortunadamente de riadas, lo hacen con el calor sofocante desplegando toldos por las calles, manteniendo la cultura del patio y cesando la actividad en las horas de mediodía.

En la actualidad, un mismo virus ataca a Sevilla y Venecia: el turismo. El dinero fácil y rápido que éste aporta le hace más apetecible que el desarrollo de otras actividades económicas que no parecen asociarse a una mentalidad latina. La población de Venecia se ha reducido a la quinta parte y vive del turismo. Sevilla va camino de ello. Yo, que he nacido en el centro de la ciudad, me veo invadido por masas de turistas que me hacen sentirme extraño en mi propia calle. Los comercios tradicionales van desapareciendo a favor de tenderetes de baratijas y bocadillos para turistas mochileros. Me cabe la esperanza de que si Sevilla resistió a romanos, vándalos, musulmanes y franceses, también lo hará a estas hordas bárbaras, aunque lo veo difícil. Que San Marcos y San Fernando nos protejan.

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