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¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Volver a la oscuridad

El derroche de luz ha sido en los últimos 150 años una cuestión de prestigio. No había modernidad sin neón

El arco de la Macarena, alumbrado.

El arco de la Macarena, alumbrado. / Antonio Pizarro.

NO se entiende la ciudad contemporánea sin el alumbrado público. Antes, los burgos, cuando llegaba el lubricán, se convertían en lugares oscuros y peligrosos, en laberintos poblados por embozados y matasietes; alcahuetas y amantes en celo. Llegada la penumbra, lo aconsejable era cerrar los postigos y acostarse a la espera del amanecer. Las madrugadas eran negras y silenciosas. Cualquier ruido –un portazo, el relincho de una bestia o el grito de un herido– llenaba los corazones de inquietud. Los ilustrados quisieron acabar con este imperio de las tinieblas y fomentaron los alumbrados públicos urbanos. Lo hicieron para aumentar la seguridad y la moral pública. El resultado fue ambiguo. La noche en la ciudad moderna, aunque ganó en confianza para los transeúntes, siguió siendo el momento propicio para todos los vicios. Y la luz colaboró a su manera. La gran expansión y democratización de los cafés, cabarets, casinos, bares, lupanares y teatros de variedades no se comprende sin la irrupción de la electricidad. Las Vegas es el gran paradigma. El hombre contemporáneo conquistó la noche gracias al alumbrado, pero no consiguió cambiarle su mala fama. De todo esto ha dejado un fiel relato tanto la novela como el cine, que son, al fin y al cabo, los dos géneros literarios que mejor han retratado la gran épica urbana moderna.

Pero todo este derroche de luz, toda esta tentación prometeica de cambiar el orden natural de los días y las noches, puede haber llegado a su fin. Tanto el calentamiento global como la crisis energética en la que nos ha metido la guerra de Ucrania han hecho que, por primera vez en nuestra historia, se plantee la reducción de las horas de alumbrado nocturno. De hecho, la Junta de Andalucía ya se está planteando restricciones en la iluminación urbana de fiestas, monumentos y rótulos publicitarios (tan íntimamente ligados a la iconografía de la ciudad de los siglos XX y XXI). Lo cierto es que desde hace tiempo las ciudades están sobreiluminadas y eso tiene su coste. Recuerden la famosísima anécdota de Pla (desconozco si apócrifa o no) cuando vio desde el trasatlántico el skyline de Nueva York iluminada: “¿Y esto quién lo paga?”. Hace años conocí en Galicia a un viejo camionero que había estado en la Feria de Sevilla. El único comentario que me hizo fue: “¡Cuántas bombillas!”. El derroche de luz ha sido en los últimos 150 años una cuestión de prestigio. No había modernidad ni opulencia sin neón. Pero los tiempos cambian y volvemos a la oscuridad. Quizás consigamos unas ciudades con luces más matizadas, recuperemos algo de la paz de las noches a la luz de las velas. También del miedo. El futuro siempre ha sido un pozo de incógnitas.

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