Puntadas con hilo

María José Guzmán

mjguzman@grupojoly.com

Las aceras retranqueadas

Muy pocos entienden hoy que la casa es algo más que el espacio de puertas para dentro

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, decía Antonio Machado. La mía son de una calle de pueblo donde el día amanecía limpiando tu trozo de acera: primero se barría, luego se pasaba la fregona con lejía y se vaciaba el cubo con esmero baldeando la calzada. Una calle de pueblo donde anochecía en reuniones con sillas y mecedoras plegables donde los vecinos cada tres o cuatro casas contiguas hacían sus tertulias al fresco, con abanicos y polos de nieve. Tener no sólo una acera, sino un ensanche delante de tu casa era un privilegio, pues era el lugar señalado para fundar esa escuela sin libros donde se aprendían grandes lecciones, como la de dar las buenas tardes a todo el que se cruzaba por delante, fuera o no conocido.

Por eso, cuando fui dejando el pueblo atrás no podía entender, aún no lo entiendo y menos si son personas de edad, por qué en las paradas de autobús algunos giran la cabeza cuando saludas simplemente con un buenos días, como si te debieran algo. Como no deja de sorprenderme que haya tenido que ser el confinamiento el que haya abierto las ventanas del vecindario para conocer quién vive enfrente. Y me descoloca que algunos quieran ver una elegante decadencia en lo que simplemente es roña. O que otros se apunten a la tendencia de crear huertos en macetas en sus balcones, pero no miren para las plantas del patio comunitario ni menos para el naranjo que tienen en la acera la salir del portal. Y si lo hacen que sea sólo para criticar al Ayuntamiento de turno por la falta de cuidados y podas a destiempo.

Sin eximir de responsabilidad a ninguna administración ni gobierno, ni tampoco olvidar la necesidad de recordarla y exigirla, todos tenemos o deberíamos tener una obligación, la de respetar y cuidar ese espacio colectivo, esa acera que se ha retranqueado hasta el interior de las casas hasta perderse o convertirse en un espacio sin dueño que sólo sirve para transitar, casi siempre, acelerados.

Quizás por eso me reconforta tanto ver cómo hay vecinos en barrios como el Tiro de Línea que, como en aquel pueblo de mi infancia, blanquean sus fachadas, friegan sus aceras y podan sus árboles y alcorques. Uno de ellos es Paco Casero, pionero del ecologismo e histórico dirigente jornalero, que en compromiso difícilmente tiene rival. Él es uno de los que entiende que la casa no sólo empieza de la puerta para dentro y que, por muchos recursos públicos que se destinen a la vía pública, siempre se quedarán cortos porque hay una parte irresponsable en los ciudadanos. Por eso riega, poda y blanquea los troncos de los árboles de su calle y mantiene su espacio adecentado. No busca más recompensa que la satisfacción y el orgullo de vivir en un entorno sostenible en todos los sentidos, pero vecinos como él bien merecerían un galardón, un premio por defender la calle o la plaza más bella y cuidada. No sé si habría muchos voluntarios dispuestos a competir mostrando conductas ejemplares, pero él ya ha elevado su propuesta al Ayuntamiento de Sevilla. Y, cuando menos, está justificada una buena reflexión. De todos.

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