Tomás García

Doctor en Biología

La adormecida Sevilla

En el contexto actual, la antigua Hispalis aparece fantasmagórica, sin hálito vital ni esperanza

Actualmente se asiste a un fenómeno distorsionador que nos sobrevuela de forma preocupante debido al seguimiento inmediato y obsesivo de las enfermedades, las cuales acompañan siempre a las poblaciones humanas y, sobre todo, a los grandes núcleos urbanos. Así, la peste, el cólera, el tifus, la viruela, la malaria, la lepra, el sarampión y otros muchos procesos infecciosos –causados por virus, bacterias o protozoos– han provocado la muerte de cientos de millones de personas a lo largo de la Historia y todos siguen presentes en diversos lugares del mundo. Igualmente, es necesario considerar que somos portadores de multitud de gérmenes que conforman una flora ocular, una flora intestinal o una flora cutánea con las que convivimos y hemos de mantener un equilibrio. Ni es posible vivir en una burbuja aséptica ni es conveniente, pues lo verdaderamente eficaz es mantener un sistema inmunológico centrado, alerta y sano.

“Señor, las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres; pero si los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias...” (Miguel de Cervantes, Don Quijote, capítulo XI).

Se sufre un hostigamiento continuo desde medios de comunicación públicos y privados sobre todo lo relacionado con el último de los coronavirus que atisbamos, a pesar de ser evidente que la virulencia de este agente infeccioso ha ido disminuyendo paulatinamente, atenuando sus efectos y mejorando la respuesta inmunitaria de la población. La inmensa mayoría de las personas identificadas como contagiadas no son enfermos, siendo estos afectados los únicos que conviene reflejar en las estadísticas, ocupando un número de plazas hospitalarias en el conjunto del país inferior al uno por ciento. Sin embargo, permanece aún el pánico inducido en amplios sectores de la sociedad por dichos influjos mediáticos que enrarecen la salud familiar, la salud laboral, la salud social, la salud mental y la salud económica.

“¿No ha sido demostrado que el sonido de la gota de agua, repetida de manera indefinida, se convierte en un amenazante dragón? ¿Cómo reaccionaríamos si la Dirección General de Tráfico se atreviera a colocar a cada kilómetro un altavoz gigante que anunciara, en bucle, los accidentes mortales en carretera de la jornada?” (Este virus que nos vuelve locos, Bernard-Henri Lévy).

Desde antiguo, Sevilla es una urbe dinámica con unas ansias de desarrollo y conocimiento que conforman una urbe ecléctica, receptora de múltiples culturas que moldean su propia figura: alegre, vivaracha e inquieta, creadora y caótica, pero siempre mágica y cautivadora. En el contexto actual, la antigua Hispalis aparece fantasmagórica, sin hálito vital, sin esperanza aparente. Resulta muy triste andar por sus calles, plazas y jardines observando personas que huyen de sus congéneres, angustiadas, con déficit de oxígeno en sus arterias e inspirando veneno tras mascarillas repletas de microbios; mientras, vienen a la memoria las recientes alegrías de la ciudad, sus sobresaltos, los embelesados visitantes, su efervescencia...

Es de esperar que la morbosidad flotante y el decaimiento general reviertan pronto en nuevos anhelos de vida plena, en el cultivo de la amistad, la sociabilidad, la pulsión cultural, la comercial; en suma, la única existencia posible o, al menos, la deseable.

“Está sonando la hora,/ vamos, Sevilla, despierta:/ la víspera es un recuerdo/ y el gozo ya está de vuelta./ Venga, Sevilla, levanta:/ ha terminado la espera./ Mira, Sevilla, que viene/ de nuevo la gloria nueva./ Todo lo que andas buscando/ lo tenemos a las puertas...” (Pregón de Semana Santa, 2018, Ignacio del Rey Tirado). 

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