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Aos animales –los otros– no elucubran con el concepto de felicidad. Antes de caer rendido media hora en el sofá, uno puede ver que un felino bellísimo o un temible cocodrilo viven, por este orden, para estar quietos o dormidos, cazar y comer de vez en cuando y reproducirse de higos a brevas. Los humanos no hemos parado de buscar alguna suerte de felicidad a lo largo de los tiempos. Las vías son múltiples: el amor cortesano o romántico, la pertenencia a una peña o hermandad, el logro profesional, las artes y sus contemplaciones, la familia; la soledad, los introvertidos; la permanente relación con otros, los extrovertidos; el poder y el dinero y la relevancia social, sea en tu manzana, en tu pueblo, en tu ciudad de provincia o en alguna metrópolis. Para algunos, es un millón de euros o dos en patrimonio; para otros, tener a los hijos orientados y no tener deudas llegada la antesala de la vejez, dormir bien, cierta serenidad de la mano de la salud, el cultivo del espíritu y la buena mesa o la mera frugalidad. Parece fácil, pero no lo es: tan es así que a veces buscamos, en la cuerda floja, la ayuda de ayudas en botella o en píldoras, si no para ser algo felices, sí para, a corto plazo, escapar de la infelicidad (antónimo mucho más fácil de identificar que la felicidad).

No citaremos aquí a los popes oficiales de la autoayuda edulcorada, y evitemos dar nombres, pero no la repelencia de su falsete. Venga una clásico, Marco Aurelio en sus Meditaciones: “Conservar a los amigos sin hastío ni ansiedad, ser autosuficiente en todo”. Y prevenirse de los riesgos que expele la gente tóxica, adjetivo que el emperador romano a buen seguro no cotizaba: “Al amanecer, repítete: me voy a encontrar con un entrometido, un desagradecido, un soberbio, un falso, un envidioso, un insociable”, y un alcahuete, añadiría. La justa consideración de uno mismo también es una clave del templado contento: “Esto es lo que soy: un poco de carne, un tanto de aliento y principio rector”.

En el transistor salta una y otra vez el nombre del primer gran proyecto de corrupto sanchista, Koldo (en euskera significa Luis, así que imaginemos un mensaje de Pedro “Koldo, sé fuerte”, al estilo Rajoy-Bárcenas). El piernas arrebatacapas de mano larga, tan quevediano, cervantino y nuestro calibra la felicidad en hacerse con dinero sin hacerse turbaciones mentales: a trincar, a trincar, que el mundo se va a acabar. Al mismo tiempo, el gran experto en la materia de Harvard, Robert Waldinger, afirma que “para ser feliz hay que tener dos personas a las que llamarías en mitad de la noche”. No precisa si es a causa de una visita de la UCO.

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