La ciudad y los días

carlos / colón

g alería de tonterías

Añado a mi veraniega antología de tonterías o necedades -las entregas anteriores estuvieron dedicadas a las de Pedro Sánchez y sus caballeros servidores Hernando y López, y la del pedagogo Schank, que decretó la inutilidad "para la vida real" de Cervantes y Shakespeare- las del mediático psicólogo Rafael Santandreu en su habitual colaboración en A punto con La 2. El pasado mes hizo unas declaraciones más tontas o necias que de costumbre, originando un breve revuelo. Por casualidad, porque a esa hora no suelo ver la televisión, vi su intervención y me quedé de estuco. Me consoló que hubiera quienes manifestaran su disgusto.

El discurso del psicólogo iba sobre la necesidad del perdón incondicional, el olvido y el amor -sea cual sea la magnitud de la ofensa o la agresión y se arrepienta o no el ofensor o agresor- para alcanzar la paz personal. Evidentemente, no se trataba de un concepto cristiano o jurídico, sino de una especie de flower power en la que se mezclaban indiferencia, condescendencia, apatía y memez. "Tampoco es tan grave que alguien te pegue un tortazo", dijo; añadiendo que "nadie necesita la justicia para ser feliz" y que "habría que perdonar a todo el mundo". Lo que incluía, y de ahí vino la bronca, a un señor llamado Adolf Hitler: "Lo mejor -dijo el buen señor- es perdonar a todo el mundo sobre el planeta, no te guardes ni a una sola persona. Hitler era una persona a la que debemos tener aceptación incondicional y lanzarle amor. De acuerdo que esa persona estaba muy loca, pero en el fondo su potencial era maravilloso".

La presentadora se puso un poco nerviosa, tampoco mucho, la verdad, y le avisó: "Aquí muchos discreparemos". Lo que no sirvió sino para empeorar las cosas porque el psicólogo añadió: "Igual habría que apartarle o apartarnos porque esa persona está tan loca que en ese momento era peligrosísima, pero no guardemos rencor por nadie. Por tanto, hemos de perdonar a todo el mundo; eso no significa apoyarles, pero sí perdonarles, renunciar, aceptarlos incondicionalmente y lanzarles rayos de amor a tope".

Lo peor de estas tonterías o necedades, además de estar referidas a quien junto a Stalin y Mao es el mayor genocida de la historia, es que tenían la toga puesta -la académica, no la de juez gracias a Dios- y que se vertían a través de una televisión pública que cada vez tiene más de lo primero, en el peor sentido de la palabra, y menos de lo segundo.

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