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Quousque tamdem

Luis Chacón

luisgchaconmartin@gmail.com

La añorada reflexión

Somos lo que pensamos, decimos y escribimos. Aunque queramos demostrar al público ser lo que aparentamos

Una mañana, en plena guerra, Norman MacGowan, ayuda de cámara de sir Winston Churchill, oyó -y fueron sus propias palabras- "murmullos ominosos" en el baño. El ruido de cosas que caían le hizo entrar corriendo pensando en un atentado contra el premier. Churchill, que estaba en la bañera fumándose un puro con una copa de brandy y unas cuartillas en la mano, le miró por encima de las gafas y le dijo: "No estaba hablando contigo, Norman, me dirigía a la Cámara de los Comunes". Es bien conocido que siendo un gran orador, nunca dejaba de lado la preparación de sus discursos. Como contestó con cierta sorna a MacMillan -una vez que lo sorprendió meditando mientras paseaba por el vestíbulo de la Cámara- le gustaba repasar concienzudamente su ingenio espontáneo.

Los que estudiamos latín aprendimos que verba volant, scripta manent, y de una forma u otra, todos somos conscientes de ser amos de nuestros silencios y esclavos de nuestras palabras. Las redes sociales, la tecnología y la proliferación de políticos deslenguados nos está permitiendo conocer todo aquello que dijeron o escribieron y que antes, no salía del grupo de amigos con los que echabas un rato en el bar. Somos realmente lo que pensamos, decimos y escribimos. Aunque queramos demostrar al público ser lo que aparentamos. La hemeroteca es hoy un buscador de internet y un ratito de dedicación. No hay que bucear entre periódicos ajados bajo la tenue luz de un flexo. Y esa facilidad nos está dando grandes momentos.

Es cierto que quien siempre piensa igual es porque no ha pensado nunca y es natural cambiar de opinión, o al menos, matizarla a lo largo de la vida. Es la razón la que nos empuja a ello. A distintos momentos, diferentes problemas y diversas soluciones. Aunque todo se parezca, nunca hay dos situaciones iguales. Pero ha de existir una ordenada evolución en el pensamiento. O al menos, una epifanía. Una paulina caída del caballo ante un rayo cegador. El problema es que la conversión proviene del mero paso del anonimato a la fama. Sea esta más o menos cierta. La política actual se nutre del exabrupto y abdica de la reflexión. Lanza dardos al aire, habitualmente ayunos de ingenio y sobrados de la más banal de las maldades. Hacer daño parece haberse convertido en el signo de los tiempos. Quizá estaría bien recordar que al final no nos juzgan tanto las críticas de nuestros adversarios como las consecuencias de nuestros actos.

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