Opinión

César Romero

Nuestros antisistemas

Hay que ver cuánta gente intolerante con nuestros luchadores antisistema hay en este país. Nunca se valoran lo suficiente, se los tira por tierra. Con lo decisiva que ha sido su labor. Se critica que quien en sus tiempos universitarios fue un revolucionario que acaudillaba (perdón, comandaba) a los bisoños estudiantes en sus protestas contra el Gobierno de turno (mayores cuando era de derechas, pues la derecha es la quintaesencia del sistema o, quizá mejor, es el sistema en sí) y organizaba sentadas en el Costurero de la Reina ante el consulado de Estados Unidos (ah, USA, puro sistema) o vigilias por la causa palestina (causa antisistema por antonomasia), con los años haya acabado siendo funcionario de una institución que quería destruir, como si dentro del sistema no se pudiera ser antisistema. ¿Quién puede asegurar que un administrativo no lo esté minando desde dentro, por ejemplo dilatando la tramitación del crucial expediente de una dieta para que un portero realice un curso de formación? Es muy fácil criticar al antisistema que vive del sistema, pero muy injusto: está poniendo su petardito para volarlo desde dentro.

Igual ha sucedido con la reciente ganadora del premio nacional de narrativa. La carcunda habitual se ha apresurado a pedirle, tras sus incendiarias declaraciones sobre las calles vendidas al capital y al turismo de Barcelona, que rechace o queme el dinero del premio, que renuncie a todas las prebendas que disfruta de papá Estado. No entiende que, como sus predecesores antisistema (algunos ya tan viejos que vienen cobrando una pensión desde hace lustros, abonada por la seguridad social, que no necesitará, lamentablemente, de los antisistema para ser destruida), está minando el sistema desde dentro, como lo ha hecho antes ganando ese premio de novela tan a la contra, el Herralde, que como todo el mundo sabe no está dado de antemano, como los de otras editoriales que sí forman parte del sistema, a diferencia de esta editorial marginal y combatiente, de una trayectoria tan radical que finalmente ha acabado en manos de Feltrinelli, casa fundada por un editor que murió poniendo una bomba... contra el sistema.

Menos mal que aún nos quedan estos luchadores impenitentes (y luchadoras, seamos inclusivos, aunque esta escritora tan premiada descrea de inclusiones) que van resquebrajando para los acomodaticios burgueses, esa cobarde mayoría, este sistema que nos engaña. Engaña al escritor que, por decir la verdad e ir de frente, jamás ganará un premio antisistema. O engaña al camarero que, mientras estos revolucionarios nocherniegos siguen tomando las copas que les sirve, espera paciente a que acaben de despotricar contra el poder para limpiar, recoger y dormirse en el conticinio por un mísero sueldo con el que, él no lo sabe, contribuye a mantener el sistema que lo explota.

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