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694.492 y bajando

Las obras para la Expo 92 nos dio fuera de Sevilla cierta presunción. Pertenecíamos a una urbe importante

De niños y jovenzuelos solíamos fardar de número de habitantes en la ciudad. Era como si en la misma niñez, entre amigos del colegio, presumiéramos del utilitario que gastaba nuestro padre para compararlo con los coches de otros padres. Nos sabíamos perdidos si por vacaciones en la playa conocíamos a alguien de Madrid. Por eso nos poníamos ufanos cuando hablábamos del número de habitantes con quienes sí vivían en ciudades con poblaciones mucho menores o similares a la nuestra, como Bilbao o Valencia (la tonta animosidad con Málaga vendría mucho después).

El ranking de población por ciudades en España era infalible en sus dictados. Sentíamos que nos ponía a cada cual en su sitio respecto a estatus. Sevilla siempre aparecía en el quinto puesto del ranking, pero a muy poca distancia de Bilbao y de Valencia. De jovencito en la universidad, rodeado de amigos y conocidos de muchas otras ciudades españolas, recuerdo que de vez en cuando, hablando de esto o lo otro, salía el tema comparativo entre ciudades y número de habitantes. Era como una primera forma de intercambiar agravios en la España de las autonomías y las autonosuyas (aquel impagable título de Fernando Vizcaíno Casas y posterior película de Rafael Gil). Nos poníamos quisquillosos y un punto petulantes, aunque entre unos y otros fuéramos siempre amigos, lo que en muchos casos perdura hasta hoy mismo. Recuerdo que en estos tontos rifirrafes solíamos apelar a un número redondo de habitantes con respecto a Sevilla. Siempre decíamos que teníamos setecientos mil largos, casi ochocientos mil. Y enseguida, casi de carrerilla, añadíamos que éramos un millón y pico, contando con esa población aledaña a la capital conocida como corona metropolitana.

Las obras para la Expo 92 nos dio fuera de Sevilla cierta presunción. Pertenecíamos a una urbe importante. El sur sacaba pechito. Éramos hijos de Felipe González y por eso, al calor de cubatas calentorros y de otros caldos infames como el calimocho, defendíamos la inversión en modernidad con respecto a otras partes de España. A Dios gracias nunca fuimos andalucistas. Pero en aquellos años, bajo el narcótico del 92, estuvimos a punto de contraer esa pestífera enfermedad.

Todo esto viene a cuento de una cifra: 694.492. Son los habitantes que hoy tiene Sevilla. Leo por el padrón que hemos disminuido en población y que envejecemos (el único tramo de sevillanos que crece es el de los 65 años en adelante). Sentirnos un poco otoñales nos anestesia de lo tontos que fuimos. ¿A quién le importa ya fardar o discutir por el número de habitantes?

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