LA reunión mantenida el pasado jueves por el lehendakari, Íñigo Urkullu, y el presidente de la Generalitat, Artur Mas, acordada por ambos mandatarios durante su encuentro en el funeral de Adolfo Suárez, ha permitido constatar las diferencias entre los procesos soberanistas de una y otra comunidad, fruto en buena medida de las distintas estrategias de sus respectivas formaciones políticas gobernantes. El análisis compartido sobre "las dificultades de avanzar en el autogobierno ante la estrategia de recentralización del Gobierno español", que ambos presidentes hicieron público, más bien parece, en este sentido, una cláusula de estilo o una concesión fácil a los electorados más militantes de los partidos que también dirigen (PNV y CiU). Los propios presidentes reunidos se encargaron de precisar que los dos procesos de construcción de sus naciones que persiguen por su condición de partidos nacionalistas siguen vías diferentes. La vía catalana, como es conocido, se ha adentrado abiertamente hacia la independencia de dicho territorio, en desafío frontal a la Constitución española y a las consecuencias económicas de la secesión advertidas por la Unión Europea, promoviendo un referéndum ilegal con fecha y preguntas ya fijadas de manera unilateral. Por su parte, el Partido Nacionalista Vasco, que lidera Urkullu, aun subrayando que su horizonte final es el soberanismo, se ha decantado por una lucha gradual y negociada para lograr un estatus nuevo en su relación con España, buscando un modelo de Estado confederal, sí, pero poniendo el debate en manos del Parlamento autonómico y con participación de todas las fuerzas políticas, nacionalistas y constitucionalistas. Al mismo tiempo, Urkullu ha decidido, y expresado, que la crisis económica y la liquidación final de las secuelas del terrorismo son los elementos prioritarios de la acción política de su gobierno. Todo ello hace que se haya creado una situación novedosa en la relación del Estado y los nacionalismos tradicionales: la ruptura y la secesión vienen ahora del nacionalismo gobernante catalán bajo la dirección de un Artur Mas que hace el papel de Ibarretxe en el País Vasco de principios de siglo, mientras que en Euskadi el partido gobernante se muestra colaborador con el Gobierno de la nación, reformista en sus planteamientos "nacionales" y homologable a lo que fue la Generalitat durante veinte años bajo el control de Jordi Pujol. Los papeles se han intercambiado. El nacionalismo catalán y su deriva secesionista se han convertido en el principal problema de España, junto a la crisis y el paro, lo que exige firmeza, claridad y sentido de Estado de los grandes partidos españoles.

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