La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

En el centenario del Studebaker

En el centenario del azulejo del Studebaker hay que exigir la protección del patrimonio cerámico publicitario

El centenario del azulejo del Studebaker del que ayer les informaba el compañero Juan Parejo, obra de Enrique Orce salido en 1924 de la fábrica de Viuda de Ramos Rejano por encargo del representante de dicha marca de automóviles, y la reciente recuperación de un hermoso azulejo publicitario de las bodegas jerezanas de Agustín Blázquez que estaba oculto en la esquina del edificio de la calle Zaragoza que albergó el ultramarinos La Gloria de España y el Bar Café Rositas, deberían volver a llamar la atención sobre la necesaria y desatendida protección de los azulejos publicitarios que tanta personalidad daban y dan –los supervivientes– a las fachadas e interiores de los comercios y bares sevillanos, tan importantes desde un punto de vista artístico como los retablos cerámicos de las hermandades, afortunadamente conservados en su mayoría por las corporaciones.

El azulejo del Studebaker se sitúa justo en los años de la definitiva afirmación del renacer de este arte al calor del regionalismo en lo que a los retablos cerámicos se refiere. Rompió fuego el Gran Poder en 1912 con el de Rodríguez Pérez de Tudela en la fachada de su antigua capilla en la parroquia de San Lorenzo. Le siguieron el del Marqués de Benamejí para la Amargura en 1918, el de Jesús Nazareno de Vallecillo Martínez en la fachada de San Antonio Abad en 1921 y el que remata el arco de la Macarena –en la placa de su bendición se dice, muy en macareno, que la Esperanza tomó posesión de él–, obra de Rodríguez Pérez de Tudela en 1922.

En paralelo se fueron instalando en fachadas e interiores de comercios y bares espléndidos azulejos publicitarios, como los del Studebaker y el recuperado de las bodegas jerezanas en la calle Zaragoza, a los que se pueden sumar los de la trianera Villa Reinosa (Bacarisas, 1915), El Pavo Real de José Gestoso (Arquezade, 1919), las barras del Europa y El Comercio (anónimos, 1920 y 1940), el de Anís del Mono del Rinconcillo (sobre un original de Ramón Casas, 1925), la línea de vapores Sevilla-Sanlúcar de Casa Ruiz (anónimo, 1925) o Seguros Velázquez en Sierpes (Mármol Rodrigo, 1930). Mientras se multiplicaban los de las hermandades, que culminarían, en lo que a estas dos décadas se refiere, con el monumental del Cristo del Amor de Enrique Mármol y Manuel Cañas en 1930. Ojalá el comercio y las normas municipales hubieran conservado este patrimonio tan bien como han hecho las hermandades.

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