Baja Temeraria

El chip de la coherencia

Qué útil un avisador de incoherencias. Me temo que se le agotarían las pilas en menos de una semana

Amí la nevera me regaña mucho. Sucede cuando considera que la he abierto más tiempo del que aconseja la prudencia y, tal vez, un consumo energético responsable. También el microondas, si no lo he apagado en el instante que termina su función. Y la lavadora, por exactamente lo mismo. Aunque el campeón de las broncas, en este estado de sojuzgada permanente en el que vivo, es el coche. Avisa si cree que me estoy arrimando al vehículo de delante, aunque estemos parados en una cola de diez minutos -en el puente del Centenario, saben de lo que hablo- o si me acerco lo que considera demasiado a cualquier objeto lateral, ya sea un ciclista, una acera o un camión de treinta toneladas que viene de Hamburgo. Me regaña si abro la puerta con el coche en marcha. Y casi me insulta si no he sido convenientemente dócil con la condición que merece un híbrido y le he dado al acelerador como Thelma y Louise en el final de la película. (Atención: hay spoilers que prescriben, como el de Casablanca o Los diez mandamientos, no se me pongan tiquismiquis).

Resignada a vivir entre reconvenciones, me vino a la cabeza, concretamente oyendo la última sesión de control del Gobierno, qué ocurriría si esos artilugios se nos instalaran en el móvil. Por no hablar, ya metida en ficción a lo grande, de introducirlos en el cerebro como a Matt Damon en la saga de Bourne (que me gusta y que me regañen todos los críticos cinematográficos). Imaginen que cualquier orador (no solamente los políticos, abramos el abanico de posibilidades) sufriera una descarga acústica cada vez que dijera una falsedad, vulgo trola, o al menos una flagrante contradicción. Sería como un chequeo instantáneo al digo-digo-digo-Diego, que nos tendría muy entretenidos. Si, por ejemplo, un portavoz dice que las medidas del Gobierno sobre ayudas al alquiler son una mamarrachada, y ese mismo señor, o su partido, las hubieran propuesto en otro momento o lugar, la alarma saltaría como una loca, apercibiéndonos de que el citado pudiera estar mintiendo o, tal vez, siendo víctima de un olvido no demasiado responsable. Y si quien ha contratado a cascoporro (sin visar mínimamente el currículo de los felizmente afectados) en un ente público, zahiere con crudeza a su adversario por hacer lo mismo, esa misma alarma le bajaría los humos, aunque sin duda encendería a sus oyentes. Como ensoñación es fantástica: una suerte de justicia mecánica que evitaría a muchos queridos compañeros de mi oficio, esa tarea hercúlea (como el doctor Murke de la novela de Heinrich Böll) de rebuscar en los archivos para testar la coherencia de cada cual. Coherencia, qué bella aspiración. Qué útil un avisador/regañador de incoherencias. Me temo que al aparato se le agotarían las pilas en menos de una semana.

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