Cuchillo sin filo

Francisco Correal

El chófer del ex ministro

FUE el año que se casaron mis padres y España boicoteó los Juegos Olímpicos de Melbourne. Ese año de 1956, Franco hizo antifranquista a Joaquín Ruiz-Giménez. Cinco años antes, en 1951, don Joaquín, como lo conocíamos todos los que fuimos sus alumnos, fue designado por Franco ministro de Educación, cartera en la que continuó la gestión aperturista que había iniciado al frente del Instituto de Cultura Hispánica, donde puso en marcha la revista Cuadernos Hispanoamericanos.

Uno de sus mayores aciertos, y más osados, fue incorporar a Pedro Laín Entralgo y Antonio Tovar como rectores de las Universidades de Madrid y Salamanca, respectivamente. Intelectuales que habían sido afines al Régimen y que muy pronto lo denigraron. Tovar, en su condición de germanohablante, ejerció de intérprete en la entrevista entre Franco y Hitler en Hendaya.

Don Joaquín reintegró a sus cátedras y plazas a profesores que habían sido separados como consecuencia de la guerra o habían salido al extranjero. En ese lustro, el país cambió sin darse cuenta. Abrió puentes con el exilio. Forma parte con Tierno Galván, Dionisio Ridruejo, Laín Entralgo y López Aranguren de la llamada segunda generación de posguerra, en definición de Elías Díaz, catedrático de Filosofía del Derecho y autor de unas imprescindibles Notas para una historia del pensamiento español actual que redactó en 1969 durante un curso en Pennsylvania.

En 1956 se fastidió el invento aperturista. España ingresó en las Naciones Unidas en diciembre de 1955 y llegaba a la Universidad la primera generación que no hizo la guerra. Franco cortó por lo sano: declaró el estado de excepción, detuvo a Ridruejo, Tamames, Enrique Múgica y otros cuatro intelectuales de idéntico porte y destituyó de su cargo a Joaquín Ruiz-Giménez. Casi veinte años después me dio clase en la Universidad León XIII. La primera hora era lectiva; la segunda, en aquellos primeros meses del curso 75-76, la dedicaba a contarnos pormenores de la extinción biológica de un Régimen. Con mi compañera de clase Ana María Poyal le hicimos una entrevista para La Voz de Avilés que no nos salió mal y nos convirtió en bisoños corresponsales políticos. Años después vino a Sevilla a dar una conferencia. Era presidente de Unicef. Al final de su disertación, le pedí otra entrevista. Tenía mucha prisa porque perdía el AVE. No pasaba ningún taxi y me ofrecí a llevarlo en mi coche. Fue una de mis mejores entrevistas. Acababa de morir Audrey Hepburn, la gran embajadora de Unicef, la princesa de Vacaciones en Roma, el destino que don Joaquín conoció en su etapa de embajador en el Vaticano.

Fundó la revista Cuadernos para el Diálogo, pero hoy triunfan los monologuistas.

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