Alto y claro

José Antonio Carrizosa

jacarrizosa@grupojoly.com

Una cuestión capital

Ser la sede de la enorme estructura de la Junta no sólo ha proporcionado beneficios a Sevilla; también perjuicios

En cuanto pasaron las últimas elecciones municipales, Sevilla y Málaga, por ese orden, se cayeron del caballo y vieron la luz. El recién nombrado alcalde Juan Espadas, socialista tras cuatro años de aplastante mayoría absoluta del PP, lanzó la idea de crear un eje entre las dos ciudades con más peso en la región para dejar atrás años de recelo e incomprensiones y empezar a trabajar juntas en todo lo que pudiera beneficiar a ambas. La idea fue comprada con entusiasmo por el alcalde popular de Málaga, el incombustible Francisco de la Torre, y desde entonces los encuentros y fotografías entre ambos han sido continuas sin que, por ahora, ese eje se haya plasmado en cosas concretas más allá de ir admitiendo en él a todas las capitales que han querido subirse al carro. Pero sería injusto minusvalorar la iniciativa. Pase lo que pase con ella en el futuro, ya ha servido para que en ambas ciudades se haya abierto un periodo de reflexión sobre cómo hemos podido ser tan torpes durante décadas en las que los localismos se han exacerbado en manos de políticos poco inteligentes que buscaban en el agravio el aplauso fácil.

Esa reflexión sigue abierta y ha dado lugar a encuentros que hacía tiempo que no se producían en la región. Por ejemplo, los directores de los principales periódicos de Sevilla y Málaga nos reunimos hace un par de semanas para plantear en voz alta cómo se pueden dejar atrás los complejos catetos, por uno y otro lado, y mirar al futuro. Pero a lo largo de toda la conversación planeó la polémica de si las quejas históricas contra Sevilla habían tenido fundamento y si el centralismo impuesto por la Junta de Andalucía había beneficiado a la capital, Sevilla, y perjudicado al resto de las grandes ciudades, especialmente a la que más títulos tenía para disputar la primacía regional.

Indudablemente, a Sevilla le ha venido bien en muchos aspectos ser la sede central de la mastodóntica estructura administrativa de la Junta, pero en otros le ha perjudicado y le sigue perjudicando. Le ha venido bien porque las consejerías y los cientos de flecos que de ellas cuelgan son uno de los empleadores fundamentales de la región, quizás el que más, hasta el punto de que se podría caricaturizar la estructura de empleo de Sevilla diciendo que si tienes trabajo es porque eres funcionario de la Junta o camarero; no hay mucho más. Ser la capital política supone también que aquí tienen puestos sus servicios regionales los bancos, las grandes empresas, despachos de abogados y un sin fin de actividades que le dan vida a la ciudad. Sería imposible explicarse la Sevilla de hoy sin tener en cuenta esa circunstancia.

Pero también estar en el centro tiene sus problemas. La Junta compró el discurso del agravio comparativo contra Sevilla porque sabía que la acusación de favoritismo hacia la capital tendría un coste electoral importante en el resto de las provincias, lo que se tradujo en una marginación consciente en los Presupuestos y los planes de inversión. El ejemplo más notorio y con consecuencias más evidente ha sido el del Metro. Una aglomeración urbana de más de un millón y medio de habitantes se ha quedado con una única línea, con una utilidad muy relativa, al no estar integrada en una red que facilite la movilidad en toda el área metropolitana. Las inversiones se han dedicado a los metros de Málaga y Granada. Ampliar el de Sevilla no estuvo nunca en los planes de la Junta y ahora se ve como un empeño imposible, por más que cada pocos meses la cuestión se airee para utilizarla en la confrontación política.

Se trata de una realidad que no oculta lo positivo de la nueva actitud que se está creando entre las dos ciudades y que tendría un final feliz indudable si de una vez por todas se conectaran Málaga y Sevilla con una conexión ferroviaria de alta velocidad que cambiara percepciones y facilitara los negocios. Esa sí que sería una cuestión capital.

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