la esquina

José Aguilar

El debate sobre el debate

YA empezamos. Llevan varias semanas de contactos, negociaciones y tiras y aflojas las representantes del PSOE y el PP (Elena Valenciano y Ana Mato, respectivamente) y se ha abierto la veda de las filtraciones interesadas de unos y otros. Debaten sobre los debates.

Se trata de acordar en qué televisión o televisiones van a debatir durante la campaña electoral oficial los dos únicos candidatos con posibilidades de gobernar, Alfredo Pérez Rubalcaba y Mariano Rajoy. Algo que después de tantos años de democracia debiera estar ya resuelto y ser una tradición indiscutible, pero que aquí hay que improvisar cada cuatro años.

El caso es que en esta ocasión hay más conciencia que nunca de que el debate entre los aspirantes a presidente del Gobierno va a tener muy escasa influencia en el sentido del voto de los espectadores-ciudadanos. Existe el convencimiento general de que todo el pescado está vendido desde hace meses y de que los errores y aciertos de cada uno de ellos en la noche o las noches en que acudan al encuentro televisivo no van a cambiar el resultado. En realidad, los debates sólo resultan decisivos cuando las fuerzas están igualadas y el empate puede deshacerse por cualquier detalle.

Las negociaciones entre Mato y Valenciano reflejan, como no podía ser de otro modo, las distintas expectativas con que cada parte llegan al tramo final de la carrera con final en La Moncloa. Rubalcaba, que sale como perdedor, se muestra dispuesto a debatir en cualquier cadena, y también le da lo mismo el formato de la disputa y la identidad de los interlocutores (a solas con Rajoy o en presencia de otros candidatos digamos menores). Y Rajoy, todo lo contrario. Rajoy, que va de ganador, no tiene el menor interés en someterse a debate alguno, prefiere el contacto con la gente en mítines con partidarios o en mercados y visitas prefabricadas donde nadie le va a preguntar por el programa ni va a hurgar en sus silencios y contradicciones. Si no le queda otro remedio que debatir, den por seguro que no va a juntarse con Llamazares, Duran Lleida y otros y que exigirá el cara a cara exclusivo con/contra Rubalcaba.

Es el momento de gloria de los asesores, expertos en imagen, comunicólogos y charlatanes, que justifican su existencia -y sus sueldos- negociando el color del decorado, la identidad del moderador, la forma de la mesa y la medida de las sillas, el orden de las intervenciones, la corbata que ha de llevar el líder, la mirada que ha de dirigir al contrincante... y mil cosas más que a ellos les parecen trascendentales. Y todo para convencerse ellos y convencer a su candidato de que con estas exigencias van a influir en el voto de un 5% de los espectadores, tal vez menos. ¡Qué pesadez, por Dios!

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