La Sevilla del guiri

John Julius Reel

Cómo duerme mi andaluza

ESTABA intentando convencerla de la suerte que tenía de estar casada conmigo.

-Mira, cariño -le dije-. Estoy tan liado con mi vocación de escritor que no tengo energía, ni tiempo, y no hablemos de dinero, para desperdiciar en otras mujeres. Cuando me veas pensativo o distante, puedes dar por seguro que estoy gestando una obra. Los escritores estamos siempre escribiendo y esto nos salva de las tentaciones. Es algo de lo que deberías estar agradecida.

Permaneció en silencio y me enorgullecí de haberlo puesto tan claro. Pero resulta que su silencio no quería decir que no tenía respuesta, sino que estaba esperando el momento oportuno para dármela. Surgió el día siguiente, cuando le pedí permiso para escribir por la tarde.

-Por supuesto que sí -me dijo-. No quiero despertarte las tentaciones.

Como cónyuges, los escritores podemos ser insoportables, siempre embebidos en lo nuestro, dándole vueltas al coco y por lo tanto metiendo la pata.

En esta serie de artículos he llamado a mi mujer Miss España, mi Dulcinea, la Reina de nubia, y uno de los Ángeles de Charley. La he comparado a un chanquete, al giraldillo, a un globo. La he utilizado, contra su voluntad, como símbolo y representante de Sevilla, Andalucía y España entera. La he retratado, según ella, como brutilla, mandona y simple. He hecho públicas incluso las manías de nuestro matrimonio. Pero, a pesar de todo eso, nunca jamás ha intentado censurarme. Aún más, es mi fan número uno, defendiéndome acérrimamente contra todos mis detractores.

-Diles -me dijo un día -que es tu intención provocar pelmazos como ellos.

¿Cómo demuestro mi gratitud? Ni siquiera la dejo dormir la siesta. Siempre tengo otro artículo para que lo lea y le dé el visto bueno.

-¡Qué amable te pones cuando te conviene! -me dice.

Además de ser una gran editora, puedo contar con ella como último recurso cuando me falta la inspiración.

Una semana, desesperado por un tema, le propuse:

-¿Por qué no escribes en mi lugar?

-Yo, no. No tengo tu imaginación.

-Basta de falsa modestia. Lo que no tienes es mi cara. Por escrito. Frente a frente tienes mucha más cara que yo. Es sólo cuestión de acostumbrarte a un nuevo medio. Venga, te ayudo. Antes de conocerme, ¿qué opinión tenías de los americanos?

-No tenía ninguna opinión.

-¡Mentira! Primera regla del oficio: las mentiras escritas no engañan como las habladas. Tienes que ser sincera o la gente deja de leerte. Empecemos de nuevo, ¿qué opinión tenías de los americanos?

Mientras pensaba, abrí un cuaderno y saqué un lápiz.

-Supongo que los veía como llamativos en lo exagerados que son y detallistas rozando lo cursi -me dijo.

-Bien. Ya estamos haciendo progresos. Sobre lo de detallista, sí, ya avanzamos algo. Pero lo de exagerado es todavía tierra por conquistar. ¿Exagerados cómo?

-En su manera de celebrarse, por ejemplo. Alardeando de su bandera en todas partes; las graduaciones tremendas, tirando sus gorros por los aires como niños chicos en un cumpleaños; su forma de sonreír, todos iguales, con dientes tan rectos y blancos, como promoción viviente a la ortodoncia.

-Vale. Ejemplos estupendos. -Lo apunté todo-. Y ahora, después de casarte y vivir tres años conmigo, ¿cómo los ves?

-Detallistas y exagerados.

-¿Exagerado, yo? Detallista, sí. Lo admito. ¿Pero exagerado? Ya sabes que las fiestas me ponen incomodísimo, aún más si son para mí. ¿Y patriota? ¡Qué va! Soy el primero en criticar a mi propio país. Y ¿sonriente? ¡Anda ya! Siempre me está preguntando, por qué estoy tan serio.

-Eres exagerado incluso mientras duermes.

-¿Cuando duermo? ¿Cómo voy a dormir? Te digo una cosa, sois vosotros los exagerados. ¡La Feria! ¡El Rocío! Todo el día en la calle, fumando, bebiendo, tapeando. ¡Y no sois noveleros ni !. Cuando se estrenó el tranvía, el jaleo en el casco antiguo fue de risa. Y ahora con el carril bici. De repente, hay más tiendas de bicicletas en Sevilla que farmacias.

-Estoy hablando de tu manera de dormir, cariño. Con tanta intensidad y desenfreno como todo lo que haces.

-¿Y tú? ¿Cómo duermes? Explícate bien. ¿Cómo duerme una andaluza?

-Pues, estos días, con mi novio. Muy ligeramente.

Mi novio es el apodo que ha puesto ella para hablar de Heredero II, diez meses de edad y todavía sin la más mínima idea de lo que es dormir solo. Cada noche acaba ocupando aún más de nuestra cama, relegando a su padre con creciente frecuencia al sofá.

Váis a pensar que me casé con ella por el interés. Sí, por eso, y muchísimo más.

Fue a partir de conocerla que empecé a vivir la realidad y a saborearla.

Aquel día que intenté convencerla de su buena fortuna de estar casada conmigo, lo que realmente quería decir era lo siguiente:

-Cariño, estoy tan liado contigo y con los hijos que me has dado que no tengo energía, ni tiempo, y no hablemos de dinero, para desperdiciar en tonterías. Cuando me ves pensativo o distante, puedes dar por seguro que estoy distraído con un artículo. Los escritores estamos siempre escribiendo, y esto a veces nos hace olvidar lo realmente importante. Antes de conocerte, estuve tan perdido en la vida como en mi escritura. Me salvas de tentaciones. Perdóname si no te demuestro con más frecuencia lo agradecido que estoy por haberte encontrado.

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